jueves, 13 de agosto de 2020

¿Qué es la corrupción?

 


¿Qué es la corrupción? es el título de un libro traducido recientemente al español del politólogo Leslie Holmes, especialista internacional en el tema de la corrupción y profesor de la Universidad de Melbourne. Se trata de una obra introductoria y, como tal, resulta bastante útil. En siete capítulos expone con claridad los aspectos básicos para entender la corrupción: cuál es el significado del término, por qué es un problema, cómo se puede medir, cuáles son sus causas y qué pueden hacer los Estados y las sociedades para combatirla.

Nos hemos acostumbrado, en este país y al parecer en otros, a considerar que la corrupción ni se irá ni es tan mala: es aceite del sistema, medio de ascenso social, propensión innata de la mayoría y hasta parte de nuestro folclor. Así lo atestiguan muchos dichos y declaraciones famosas: “La corrupción somos todos”; “El que no transa no avanza”; “No me den, pónganme donde hay”; “Un político pobre es un pobre político”. Y la más citada en los últimos años, emanación teorizante de un expresidente de muchas uñas y pocas luces: “La corrupción es una debilidad de orden cultural”. Por eso, y por otros motivos, conviene leer este librito de Holmes que nos invita a contemplar con frialdad los individuos, organismos, estudios, cifras, éxitos y fracasos en la lucha contra la corrupción en el mundo para alejarnos un poco de las visiones resignadas que a veces nos atenazan.

El autor parte de la constatación de que no hay un acuerdo universal sobre qué constituye un acto de corrupción, aunque acepta el predominio de una definición estrecha (el “abuso privado de un cargo público”) que ha servido como punto de partida para numerosos estudios e iniciativas. Revisa después algunos de los efectos principales del fenómeno. Entre los sociales destaca la polarización social, la desigualdad, la pobreza, el resentimiento y la sensación de inseguridad. Menciona también los efectos ambientales nocivos para subrayar enseguida las consecuencias económicas, legales y políticas. Como no ha sido posible llegar a un acuerdo unánime sobre qué es la corrupción ni distinguirlo siempre con nitidez de otros conceptos relacionados (como los “regalos”, el networking, la “delincuencia empresarial” o el “crimen organizado”), las formas de medir el fenómeno resultan ser muy diversas: estadísticas oficiales, encuestas de percepción, encuestas vivenciales, de rastreo, entrevistas, enfoque proxy y varias más. Encontramos después un par de capítulos dedicados a repasar las teorías que se ofrecen para dilucidar el origen del fenómeno: desde explicaciones psicosociales (como la “codicia”, la “oportunidad” o la inseguridad), hasta factores sistémicos (como el nivel económico, el tamaño del aparato gubernamental y la fragilidad del Estado), pasando por explicaciones culturales que apelan al “peso del pasado”, al nivel de jerarquización de la sociedad o a la religión.

Sin duda lo más valioso del libro es la gran cantidad de información que resume. Además de los datos que acabo de esbozar, aprendemos sobre decenas de organizaciones (entre las que destaca Transparencia Internacional, organismo no gubernamental e internacional con numerosos “Capítulos” en diversos países) y los instrumentos legales más conocidos en la lucha contra la corrupción (como la conocida Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción de 2003, de la cual México es Estado parte). También nos enteramos de las formas en que algunos países han tenido cierto éxito al lidiar con la corrupción. Sin embargo, la obra no es sólo un repaso de todo aquello que uno necesita saber sobre el tema. También presenta algunas (tímidas) conclusiones. Ofrezco, a vuelapluma, algunas de ellas.

Es esencial entender que, engendro polimorfo, la corrupción sólo admite para su comprensión un enfoque holístico en el que concurran sociólogos, politólogos, abogados, criminólogos, antropólogos, filósofos, economistas y quien sea que tenga algo que aportar desde la academia o la experiencia política y administrativa. No hay tal cosa como el enfoque; los individuos suelen corromperse por muchas razones. Tampoco debe esperarse que surja algún instrumento que nos permita medir el nivel de corrupción de una sociedad en términos incontrovertibles. No existe el indicador. Cómo definimos y cómo medimos la corrupción depende en buena medida del caso y tipo de corrupción que se desee investigar y solucionar. Según Holmes, podemos manejar más de una definición del fenómeno y, de hecho, podemos medirlo, “pero sólo en forma imperfecta”. Un corolario inescapable de todo esto es que la corrupción es un fenómeno tan complejo que sólo “puede ser controlado, pero nunca erradicado por completo”. No es cosa de desesperarse mucho: las mediciones, estudios, instrumentos legales, iniciativas y organizaciones internacionales que hoy batallan contra la transa mundial en gobiernos y empresas privadas apenas comenzaron a surgir en la década de los noventa del siglo pasado, con el fin de la Guerra Fría. Así que esto apenas inicia.

En contra del enfoque revisionista y funcional (que pretende rescatar los aspectos útiles, amables y aparentemente inextirpables de la corrupción), el autor destaca que en la actualidad hay un acuerdo muy amplio sobre que la corrupción puede, en algunos casos, ser beneficiosa en un corto plazo, pero que, a la larga, “los costos […] son invariablemente mayores que los beneficios”. Así que la gracia popular en dichos como “Está bien que robe, con tal de que salpique” o “Acéitame la mano” no pasa de ser lo que siempre ha sido: un elemento pintoresco del ceremonial de la corrupción que funciona para no tener que nombrar de manera directa lo repulsivo.

Los datos indican, o acaso sólo corroboran, que los países en los que hay niveles de corrupción más bajos son los que tienen mayor pib per cápita, mejor competitividad económica, calidad de la gobernanza, una democracia robusta, un compromiso fuerte con el Estado de derecho y una buena cultura jurídica extendida entre la población. Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda suelen encabezar las listas de los países mejor calificados. También encontramos con que hay estudios que sugieren que, por ejemplo, las tradiciones religiosas o los efectos del colonialismo no ayudan tanto como se ha creído a explicar las diferencias entre las tasas de corrupción percibidas entre los países. Y en contra de lo que rutinariamente se piensa en algunos países, al parecer el tamaño de los gobiernos no guarda correlaciones significativas con los niveles de corrupción.

Además de los factores señalados, los casos más o menos exitosos de combate a este flagelo suelen implicar la creación de agencias anticorrupción únicas, independientes y autosuficientes, como ha ocurrido en Hong Kong y Singapur. En estos países, la concentración de esfuerzos en una sola entidad ha prevenido conflictos, derroche de recursos, problemas de coordinación y evasión de responsabilidades. Por otro lado, el sistema judicial es sin duda un instrumento indispensable en el combate a la corrupción, siempre y cuando, nos advierte el autor, se acompañe de un Estado de derecho fuerte, de castigos severos y que no esté politizado. También ha importado siempre la voluntad política, siempre y cuando los líderes  tengan, además del interés en combatir la corrupción, “la capacidad de instrumentarla”. Para decirlo en términos lógicos, la voluntad es una condición necesaria, pero no suficiente. Nunca han bastado las intenciones y, por cierto, menos aún la prédica moral y la difusión de eslóganes (“La solución somos todos”) ni campañas de “Renovación Moral” ni decálogos ni discursos edificantes. Según Holmes, en ocasiones la desesperanza de los ciudadanos ha llevado a éstos a votar por candidatos radicales, de izquierda o de derecha, que prometen acabar de una vez por todas con la corrupción. Sin embargo, las “investigaciones empíricas indican que cuando son elegidos esos extremistas en general resultan incapaces de reducir la corrupción, pero en algunos países existe una creencia muy difundida de que poseen una varita mágica”.

Holmes, Leslie, ¿Qué es la corrupción?, trad. Stella Mastrangelo, Grano de Sal/Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, México, 2019, 190 pp.

Pobre Felipe Próspero

Diego Velázquez pintó, desde luego, muchas obras maestras (“El triunfo de Baco”, “La rendición de Breda”, “El retrato de Inocencio X”, “El retrato de Juan de Pareja”, “Venus del espejo”, “Las meninas”…), pero a mí me embruja siempre el “Retrato del Príncipe Felipe Próspero”, un cuadro tardío de 1659. Este chamaco fue hijo y heredero al trono de Felipe IV y Mariana de Austria. Como pintor oficial de la corte, tocó a Velázquez retratarlo muy serio y augusto; sin embargo, antes que veneración por la dignidad del regio personaje, lo que la imagen provoca es una profunda misericordia hacia la criatura desvalida que nos mira con rostro cansado mientras deja reposar su bracito exangüe sobre el respaldo de una silla. El perrito a su lado también nos mira, aunque éste rebosante de vida y despreocupación (por cierto, es uno de los perros más encantadores que pintara Velázquez, realizado con unas cuantas pinceladas rápidas y desenvueltas). Las tinieblas del fondo y el rojo oscuro del mobiliario y de las cortinas acentúan al carácter sombrío de la composición. 

Felipe Próspero sufrió desde su nacimiento con muchos padecimientos: infecciones diversas, anemia, ataques de epilepsia. En sus ropas pueden verse colgados objetos que se pensaba que servirían como amuletos y talismanes para ahuyentar a los males espíritus y prevenir el mal de ojo (una campanilla de oro, un dije de azabache…) El niño tenía dos años cuando le posó para este retrato y falleció antes de cumplir los cuatro. Cuando pienso en la obra de Velázquez, tiendo a colocar en mi mente esta obra no tanto entre los magníficos cuadros de Felipe IV y sus descendientes, sino entre los muchos que el pintor sevillano dedicara a borrachos, enanos, idiotas, esclavos y pobres, a los perdedores de la Tierra, a los que nunca tuvieron buena estrella. Pobre Felipe Próspero.


Cruda Amarilis

 

Los madrigales  del libro quinto de Claudio Monteverdi, y en especial el titulado Cruel Amarilis, provocaron a principios del siglo XVII una de las disputas más famosas de la historia de la música entre los defensores de la prima prattica (el bien establecido polifonismo renacentista) y los de la seconda prattica (el estilo más homofónico y libre de Gesualdo, Marenzio, Monteverdi y otros). El meollo del asunto derivó del interés de algunos compositores por tratar de que los sonidos reflejaran mejor el sentido de los textos, con lo que inició un tema musicológico y filosófico vigente en nuestros días. Prestemos oídos: Cruel Amarilis es un milagro de concisión y expresividad. Con sólo cinco voces, desarrolla un minidrama amoroso (los versos son del poeta y dramaturgo Gian Battista Guarini) cuyo sentido se acentúa con múltiples recursos técnicos, como disonancias (que hoy quizá no sean tan fáciles de identificar a la primera audición), cromatismos, contrastes dinámicos y un tratamiento contrapuntístico muy suelto. Escuchamos así de una manera más “orgánica” los suspiros del amante desairado (0:31; 0:44), el siseo del áspid (1:37), la agilidad con que este animal huye (1:54), la confusión del galán desairado en la forma en que se traslapan un par de motivos melódicos distintos en las dos últimas líneas del texto del poema.

Contexto del poema: Mirtilo es un pastor enamorado de la ninfa Amarilis. Ésta también lo ama, pero debe rechazarlo porque se ha comprometido ya con Silvio, descendiente como ella de los dioses. Mirtilo expresa entonces el dolor del rechazo y la ambigüedad del objeto de su adoración. La estupenda versión que les comparto (con todo y partitura) corre a cargo de Rinaldo Alessandrini y el Concerto Italiano. La traducción del poema va, más o menos, así:

Cruel Amarillis, que aun con el nombre,
¡ay de mí!, a amar enseñas amargamente;
Amarillis, que el pálido jazmín
más pálida y más bella,
pero que el sordo áspid,
más sorda, elusiva y fiera;
ya que, al hablarte te ofendo,
yo callaré muriendo.


viernes, 3 de julio de 2020

Raffaello 500





Tan trastornados nos trae a todos la pandemia del coronavirus que resulta fácil desatender algunas fechas significativas para la cultura y la historia. Por ejemplo, más o menos pasaron de noche los 250 años del enorme Friedrich Hölderlin el pasado 20 marzo o, para los más nostálgicos, el 150 aniversario de Lenin el 22 abril. Pero nada debería justificar que se nos olviden los quinientos años de la muerte de ni más ni menos que Raffaello Sanzio, el divino Rafael, el artista que, junto con Leonardo y Miguel Ángel, es culmen del Renacimiento y uno de esos pocos creadores que verdaderamente nos impide creer que somos una especie sin remedio.

Nació en Urbino el 6 de abril de 1483 y murió en Roma, también un seis de abril, en 1520. Su padre fue un pintor no muy talentoso que, sin embargo, inculcó en su hijo las ideas plásticas y humanistas en boga y muy pronto reparó en sus capacidades innatas. Al quedar huérfano a temprana edad, Rafael continuó su formación en diversos talleres, y el primer gran maestro que lo acogió fue Pietro Perugino. Después trabajó en diversos sitios del norte de Italia y recibió la influencia enérgica de Leonardo en Florencia y de Miguel Ángel en Roma. En esta ciudad fijó residencia, se ganó el favor de dos papas, decoró el Vaticano y fue nombrado arquitecto de la Basílica de san Pedro. Carismático, generoso, de carácter pacífico y muy guapo, fue uno de esos raros artistas de gran calibre que al parecer se sintió satisfecho con su vida. Nunca se casó, tuvo muchas amantes y murió a los 37 años, en la cúspide de su carrera y tras una noche (según Giorgio Vasari) de “excesivas relaciones sexuales” con su amante Margherite Luti, la inmortal Fornarina (aunque, en detrimento de tan feliz leyenda, algunos envidiosos aseguran que fue la malaria la que lo hizo colgar los pinceles).

Para degustar apropiadamente el arte de Rafael, es habitual compararlo con el de su rival, Miguel Ángel. Dos temperamentos distintos, dos artes que contrastan. El uno las ensoñaciones de un espíritu optimista y urbano; el otro las visiones de un genio depresivo y paranoico. Más hábil, Rafael apunta hacia el equilibrio y ritmo entre las imágenes, la dulzura de los rasgos y la idealización; más sublime, Miguel Ángel se concentra en la rotundidad de las figuras individuales y en la fuerza del mensaje. El de Urbino se consagra a la forma; el toscano al concepto. 

Claro que la generalización anterior admite más de un reparo, sobre todo tratándose de creadores de semejante anchura. En el caso de Rafael, la imagen de un pintor complaciente e idealista se derrumba cuando uno considera, por ejemplo, sus retratos de madurez, de gran realismo, perspicacia psicológica y miradas que nos interpelan (por ejemplo, Retrato de Baltasar Castiglione o León X y dos cardenales). Sin embargo, ¿cómo resistirse a los aspectos más dulces del pincel de Rafael? Las alrededor de cincuenta madonne que pintó a lo largo de toda su carrera (y entre las que hay al menos una docena de obras maestras indiscutibles) son muestra de un género que busca plegarse a un mercado específico (a saber, el de las devociones privadas de los patrocinadores). En sus escenas predominan la gracia, la intimidad y una espiritualidad serena. Pueden resultar candorosas para el ojo moderno, pero el observador medianamente atento descubre sin dificultad los toques de genialidad que las hacen especiales. Examinemos, por ejemplo, la Madonna Aldobrandini, pintado entre 1509 y 1510. Es un cuadro típico de Rafael, de su producción intermedia. Reparemos en la belleza del rostro ovalado de María, la delicadeza con que pretende cubrir a su hijo con el manto e impedir que Juan el Bautista tome el clavel rojo que el Niño, un poco altivo, como quizá se esperaría de un infante con esa edad, le muestra. Fijémonos en la destreza con que el artista ordena las figuras en forma piramidal (una herencia de Leonardo) sin que la composición se sienta pesada en absoluto. Hay también un juego de miradas entre los tres personajes que sugiere con suavidad un parlamento espiritual, un intercambio de pensamientos agridulces. Conviene reparar en algunos simbolismos: la piel de camello y la tez más morena de Juan el Bautista permiten identificar al personaje y anticipan su prédica en el desierto; el rostro de Jesús, de aspecto ligeramente mayor, representa su presciencia, y el clavel rojo la pasión en la cruz. La meditación que parece unir las miradas de los tres personajes es la de la muerte del Cristo.



Cuando se contemplan en orden cronológico todas estas madonne se aprecia la verdad contenida en la observación, avalada por no pocos críticos e historiadores, de que la obra de Rafael alcanza de manera paulatina lo que todos los artistas precedentes del Renacimiento ambicionaron: la completa armonía de los personajes en su entorno; cuadros y frescos repletas de figuras resueltas con absoluta soltura, que producen la ilusión de no estar representadas y se despliegan con completa naturalidad. E.H. Gombrich, por ejemplo, escribe en su famosa Historia del arte que Rafael logró materializar lo que muchos habían buscado con denuedo: “la composición perfecta y armoniosa de figuras que se mueven libremente”.

No obstante, si de nuevo extrañamos lo sublime y grandioso en Rafael, basta voltear a ver, digamos, la muy célebre Madonna sistina. Muchos se han obsesionado con esta obra: Goethe, Hegel, Dostoievski, Picasso, Dalí. Heidegger incluso le dedica un ensayo, y muchos otros han ofrecido interpretaciones variopintas de este ícono del arte occidental. Una vez más, estamos ante una poderosa composición piramidal: la Virgen con el Niño al centro y arriba; más abajo y a nuestra derecha, santa Bárbara y a la izquierda san Sixto Papa. Y abajo, unos angelitos más que famosos (se dice que Rafael tomó como sus modelos a unos niños que miraban con impotencia el interior de una panadería tras un escaparate). Es posible que el óleo (de dimensiones respetables: 265 x 196 cm) estuviera destinado a ser colocado en un altar de la iglesia de san Sixto, en Piacenza.



La escena impacta por varias razones y no pretendo agotarlas aquí. Veamos sólo algunas. Por un lado está el efecto netamente teatral, pues pareciera que las cortinas verdes se acaban de abrir para revelarnos de golpe una aparición celestial. Eso, supongo, es lo que esperaríamos de una epifanía: que nos tome de golpe y sojuzgue; que sea algo que padezcamos y no tanto que contemplemos. Adviértase como la Virgen parece surgir de frente y de arriba hacia abajo a través de un espacio muy profundo (efecto al cual contribuye también la difusa luz dorada a sus espaldas, la cama de nubes, los angelitos en primer plano y el habilísimo escorzo en la mano de san Sixto y con la cual parece interceder por los fieles). Por otro lado, nadie puede dejar de advertir la extrema belleza del rostro de una muy joven Virgen y la delicadeza con que sostiene y a la vez presenta al Niño. ¿Hacia dónde miran? ¿A los fieles en la iglesia? Esto es improbable, pues casi con certeza la altura en la que estaba colocado el cuadro (hoy en la Gemäldegalerie de Dresde) no permitía ver las figuras de frente, sino de abajo hacia arriba, como quizá indica la dirección en que mira la santa. Y luego está la dificultad (en este caso, una dichosa obsesión) de tratar de interpretar esas miradas. Dostoievski vio “inocencia y tristeza” en los semblantes y “humildad y sufrimiento” en los ojos del Niño y la Virgen. Recordemos que las madonne suelen prefigurar, a veces con mucha sutileza, la muerte en la cruz, y quizá esa anticipación ominosa (a la vez que salvadora, de acuerdo con los creyentes) empaña la serenidad característica de otras representaciones similares. A veces, cuando contemplo esta imagen, me parece percibir en las figuras demasiado humanas de María y el Niño y el cielo infinito que parece empujarlos el poder de algo mayor, el mysterium tremendum que se abre paso entre nuestras débiles figuraciones de lo eterno. Suelo ser de los que defienden la pertinencia cognoscitiva del arte (es decir, que en la experiencia estética captamos también algo del sentido del mundo) pero, en casos como éste, ante una obra que arroba tanto y en la que los elementos de la composición se conjugan con tanta potencia, recuerdo con convicción la idea del literato alemán Heinrich von Kleist de que el arte es aquello a través de lo cual “algo incomprensible viene al mundo”. En no pocas ocasiones, el arte de Rafael alcanzó a prefigurar ese tipo de visiones fascinantes.

jueves, 2 de julio de 2020

Defendamos el CONAPRED




Acá el enlace de lo que publiqué en Crónica Sonora respecto al asunto de la posible desaparición del CONAPPRED:  http://www.cronicasonora.com/defendamos-conapred/

Cuesta trabajo interpretar en términos razonables y caritativos el desdén con que se ha referido el presidente al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y su aparente propósito de desaparecerlo como tal. ¿Rencor? ¿Ignorancia? ¿Lenguaje campechano? ¿Otra bravata “genial” para desconcertar a sus rivales? Ninguno de estos motivos es aceptable. Menos aún si son del presidente que no se cansa de repetir que “Primero los pobres”. No creo que no sepa que millones de mexicanos son excluidos de escuelas, empleos y bienes que pueden servirles para mejorar sus vidas. La discriminación (por la apariencia física, el género, las preferencias sexuales, la discapacidad física, la edad) genera pobreza. A su vez, la pobreza misma es motivo de discriminación (en espacios públicos, laborales, en el acceso a servicios). Se trata de un problema estructural; no es algo marginal ni un efecto meramente engorroso de la desigualdad y de las condiciones socioeconómicas de la mayoría de los mexicanos. Más importante aún: la discriminación provoca la violación de derechos, el daño a la dignidad, al desarrollo personal y, en casos extremos, la muerte de muchas personas: según el INEGI, en 2017 aún trabajaban en actividades económicas no permitidas 3.2 millones niñas y niños entre 5 y 17 años de edad; antes que la pobreza, las minorías étnicas perciben que el principal problema que enfrentan en este país es la discriminación; sólo cuatro de cada diez personas con alguna discapacidad física recibe la mayoría de sus ingresos de su propio trabajo y nada más el mes pasado (mayo de 2020) tuvieron lugar 69 feminicidios en México.

En caso de que, en efecto, no sepa éstas y otras cosas, el presidente haría bien en informarse en la página del CONAPRED <https://www.conapred.org.mx/>. Ahí hay muchos análisis, encuestas, instrumentos legales, recursos educativos y noticias que reflejan sólo una parte de lo que hace el Consejo para garantizar a todos los mexicanos el cumplimiento al artículo primero de la Constitución (en el párrafo que indica: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas”) y la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación (publicada en 2003). Además del estudio del fenómeno de la discriminación, el CONAPRED se ha propuesto colocar ese problema en el centro de la agenda nacional y promover una cultura democrática, incluyente  y plural mediante campañas, publicaciones, propuestas legislativas, recursos educativos y pronunciamientos en los medios. Entre sus objetivos incluye también “Verificar que los poderes públicos federales e instituciones y organismos privados, adopten medidas y programas para prevenir y eliminar la discriminación” además de “Conocer e investigar los presuntos casos de discriminación que se presenten, cometidas por personas servidoras públicas, poderes públicos federales o particulares y velar por que se garantice el cumplimiento de todas las resoluciones del propio Consejo”. EL CONAPRED puede también dictar medidas cautelares para proteger o resarcir los derechos de las personas afectadas.

Se trata por lo demás de una institución (un órgano de Estado con personalidad jurídica y patrimonio propios) que no es inusual en el mundo (hay entidades similares en países de Iberoamérica https://www.conapred.org.mx/index.php?contenido=pagina&id=418&id_opcion=427&op=427 y Europa  https://www.coe.int/en/web/european-commission-against-racism-and-intolerance/home ). Es relativamente pequeño y gasta alrededor de 150 millones de pesos al año. Desaparecerlo no me parece que vaya a resolver ningún problema financiero mayor para el gobierno y sí que contribuirá a la pobreza en este país y mandará un mensaje equivocado respecto a qué se aspira alcanzar con la tan anhelada Cuarta Transformación. Pretender (o realmente creer) que no sirve para nada, que se creó “para comprar voluntades y dar empleo a los allegados”, “para simular que se combatía la discriminación, el racismo, la corrupción” son nada más que majaderías que no merecen respuesta alguna aunque sí que nos hacen que nos preocupemos por la capacidad de gestión y el compromiso con los valores democráticos de nuestro actual presidente. Y si bien el CONAPRED se defiende solo (basta echar un ojo en la red a sus logros y tareas en curso), requiere del apoyo ruidoso de los muchos que creemos que la riqueza de este país se encuentra en su pluralidad, el respeto, la democracia y las oportunidades de desarrollo para todos. Defendamos el CONAPRED. 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Conciertos y desconciertos pandémicos (2/2)


Esto apareció en Crónica Sonora el pasado primero de abril de 2020.


Si ahora nos alejamos un poco de los desenlaces dramáticos (estado de excepción; colapso del sistema capitalista global) y las teorías totalizantes (que reclaman la politización de todas las esferas de la vida), podemos explorar otros complejidades y tensiones que la pandemia nos evoca. Muchas son elementales, pero no por ello menos urgentes ni, a veces, menos espinosas. Por ejemplo, desde un plano predominantemente —aunque no sólo— médico, una epidemia plantea de manera cotidiana problemas como: ¿Quiénes y mediante qué tipo de sanciones están obligados a seguir trabajando durante una emergencia sanitaria producto de un virus muy contagioso? ¿Qué hacer cuando una práctica de salud pública entra en conflicto con los valores religiosos y morales de una comunidad? ¿Pueden los individuos rehusarse a recibir un tratamiento aunque se encuentren infectados y puedan infectar a otros? La opción misma entre aplicar una estrategia de mitigación (retrasar pero no detener la dispersión de la enfermedad) o una de contención (tratar de disminuir la dispersión hasta que se logre eliminar la enfermedad) conlleva sopesar muchos factores: comportamiento probable del agente infeccioso; disposición o no de una vacuna (y cuánto tiempo tomaría vacunas para todos); tamaño y características geográficas de los poblados (promedio de edad, nivel educativo, densidad poblacional, estado de las comunicaciones, etc.); existencia o no de pruebas rápidas y eficaces de diagnóstico; capacidad hospitalaria y cantidad de médicos especialistas en el país; posibles efectos económicos de una cuarentena; coordinación de los distintos niveles de gobierno; existencia de recursos monetarios extraordinarios; disposición de una población para acatar una cuarentena; etc. Todos estos asuntos combinan elementos médicos con juicios políticos, económicos, tecnológicos y éticos, y las distintas características de cada país obligarán muchas veces a tomar decisiones distintas. Por ejemplo, la aceptabilidad ética de una cuarenta será distinta según la importancia que cada sociedad conceda a la libertad individual frente al valor de la salud pública, y también puede tener implicaciones políticas significativas cuando una nación decide imponer a la fuerza a otro el aislamiento (piénsese en las diferencias entre China e Italia en cuanto a lo primero, o el cierre unilateral de la frontera entre Estados Unidos y México en cuanto a lo segundo).


Muchos de estos conflictos tienen la forma de un dilema. Estamos ante un dilema cuando nos vemos forzados a elegir una entre dos opciones, cada una de las cuales tiene al menos un rasgo positivo que nos interesaría conservar. Esto quiere decir que, sin importar cuál opción escojamos, tendremos que sacrificar algo que consideramos valioso; en un dilema no hay forma de elegir entre una situación absolutamente deseable y una absolutamente indeseable (como cuando optamos, por poner un ejemplo simplón, entre un delicioso platillo que nos place muchísimo pero que nos hace daño, y su versión vegana, muy saludable aunque insípida y de consistencia inadmisible). En ética, como en la política, los dilemas no se resuelven nunca de manera categórica; más bien, piden que se improvisen compromisos prácticos, llegar a posturas en las que se salve por lo menos lo que consideramos más valioso en una situación particular, en un sentido relativo (ser miembro de un partido político, por ejemplo, de seguro nos pide idear a cada rato compromisos de este tipo). Conviene quizá recordar que, en una cuarentena, también estamos ante un dilema, y si bien el sentido de urgencia que nos impone una epidemia nos hace obviar algunas alternativas que en otras circunstancias serían arduas, en una democracia siempre debemos tener en claro, en una suerte de balanza moral, aquello en lo que transigimos y el objetivo específico por el cual lo hacemos. Muchos ciudadanos reticentes, inseguros y apocados, pueden lograr mucho más que unos pocos héroes temerarios. A veces el simple decoro es una fuerza mayor en este tipo de situaciones. Albert Camus nos recuerda en su famosa y vigente novela La Peste (una posible lectura obligatoria para estos días de encierro) lo siguiente: “Puede que parezca una idea ridícula, pero el único modo de luchar contra la peste es con la decencia”.


La atención al detalle y a la decencia debería conducirnos a otro aspecto de la pandemia que, al menos en nuestras sociedades mayoritariamente pobres, no puede obviarse. Y es el hecho de que, aunque nos azota por igual como organismos vivos, el virus afecta de manera muy distinta a los individuos según su condición social. En un país cuya población económicamente activa pertenece en su mayoría al sector informal; donde hay pueblos y barrios en los que el agua entubada, indispensable para guardar las normas mínimas de higiene, simplemente no existe; donde hay carencia de médicos, medicinas y hospitales, desnutrición, hacinamiento y niveles educativos ínfimos, llamar a la cuarentena resulta ser un lujo o una invitación al desastre. A esto agreguemos la tradicional opacidad con que se maneja nuestra clase política, el clasismo y racismo mexicanos y el discurso errático de un presidente que siente que la agenda política del país se le ha ido de las manos para prefigurar culpables más culpables que otros si el virus causa estragos mayores a los previstos. No debemos dejar que eso pase.  


Espero que no se tome a mal que cierre este escrito con un pequeño relato. A veces con la literatura logramos distender un poco la mente pero sin renunciar a la perspicacia. Jean de La Fontaine (1621–1695) ofrece entre sus célebres fábulas una que viene a cuento para lo que he comentado sobre la disparidad de efectos entre las víctimas de una epidemia. Se llama Los animales con peste (Les Animaux malades de la peste). Leemos en ella que, ante la peste, todos los animales son iguales. El león, consabido rey de las bestias, observaba un día cómo el mal hacía la guerra contra todos los animales y cómo “aunque no morían todos, todos eran golpeados”. Pronto los campos se cubrieron de enfermos miserables y de cadáveres. Ante tanta y tan extendida desgracia, el monarca llamó a sus súbditos a Consejo y, para aplacar a los cielos y detener la plaga, propuso sacrificar a quien resulte ser el peor delincuente del reino; así moriría el culpable y no el inocente. Magnánimo, el león sugirió ser él mismo el sacrificado: “Yo, cruel, sanguinario, he devorado inocentes corderos, ya vacas, ya terneros; y he sido a fuerza de delito tanto de la selva terror, del bosque espanto. Empero, es deseable que cada uno como yo se acuse: que es de estricta justicia que sólo perezca el más culpable”. Entonces la zorra, siempre astuta en este tipo de narraciones, convenció al rey con halagos y embustes de que, bien visto, las bestias muertas por su señoría “debieran más agradeceros el honor especial que les hicisteis, pues en manjar real los convertisteis”. Tras el obligado aplauso general, siguieron los discursos de robos y muertes a millares del tigre, la comadreja y el oso, ninguno de los cuales pareció, tan espléndidos ellos en su rapacidad, ni más ni menos culpables que el león. Y en ésas andaban cuando el asno, medio despistado, exclamó: “Yo me acuso de que, al pasar por un campo este verano, yo hambriento y el lozano, sin guarda ni testigo, caí en la tentación y unas matitas trasquilé del prado”. Al instante muchas voces prorrumpieron: “¡Horror de horrores!” “¡Devorar la hierba ajena!” “Y un jumento”. Así los animales encontraron a la peor de las bestias, a la que serviría como expiación. El rey dictó sentencia de muerte y la ejecutó el lobo. La Fontaine concluye, como se estila en las fábulas, con una moraleja:



Te juzgarán virtuoso
Si eres aunque perverso, poderoso;
Y aunque bueno, por malo detestable,
Cuando te miran pobre miserable.

Conciertos y desconciertos pandémicos (1/2)


Esto se publicó el pasado 30 de marzo en Crónica Sonora



No cabe duda que a la filosofía le convienen los plazos dilatados, la reflexión post facto. Por algo Hegel la equiparó con el “búho de Minerva, que alza el vuelo hasta que oscurece”. Al revisar un poco los comentarios de diversos filósofos sobre la pandemia del coronavirus, me topo con unas notas de Giorgio Agamben que me hacen recordar que las prisas no van bien con el buen razonamiento. Lo que el pensador italiano indica es que el clima de pánico producido por el virus se explica 1) como una manifestación “de la tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno” y 2) como “un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerlo”. Una vez agotado el terrorismo como justificación para las medidas de excepción, remata el filósofo, “la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites” (los tres textos a los que me refiero del autor —La invención de una epidemia”, “Contagio” y Aclaraciones”— pueden consultarse en su versión original en <https://www.quodlibet.it/>).


En un par de comentarios más, Agamben añade elementos para apuntalar su posición. Ya  no habla más de la “invención” (l’invenzione) de una “supuesta” (supposta) epidemia, pero insiste en cómo el actual estado de emergencia guarda continuidad con el combate al terrorismo —los sospechosos de estar contagiados se consideran “exactamente como (esattamente come) terroristas en potencia”—, menciona el “pánico que se busca (che si cerca) propagar” y asegura que lo más preocupante es que, después de la crisis, los gobiernos buscarán continuar con “los experimentos (gli esperimenti) que no habían conseguido realizar antes”: cierre de escuelas, fin de todas las reuniones políticas y culturales, comunicación estrictamente digital entre los seres humanos. Los comentarios de Agamben han suscitado muchas reacciones entusiastas y otras críticas, como las de su amigo y colega Jean-Luc Nancy <https://ficciondelarazon.org/2020/02/28/jean-luc-nancy-excepcion-viral/>.


Todo esto que dice Agamben me parecería extrañamente desorbitado (una teoría conspirativa más, aunque proveniente de un pensador prestigioso) de no ser porque en varios libros ha expuesto análisis brillantes de algunos de los conceptos con los que busca explicar la naturaleza del poder político y que son los mismos que pretende aplicar, acaso con algo de arrebato, para comprender la situación de hoy en Italia (como “estado de excepción” y “nuda vida”). Parecería tener prisa por ver confirmadas sus tesis en un suceso de actualidad y con ello se olvida de los matices (o de las amplias diferencias). Se trata de una maña común entre muchos pensadores de cualquier época que ansían que los conceptos grandiosos que cuesta tanto trabajo idear (“dialéctica”, “autonomía”, “contrato social”, “lucha de clases”, “derechos”) abarquen a toda costa cualquier asunto —y, si se puede, desde el plano de la eternidad—. 


Otro pensador muy popular, Slavoj Žižek, el denominado Elvis de la filosofía (aunque más bien podría recordar a una mezcla entre Marilyn Manson y Lady Gaga) ha escrito hace poco un artículo rocambolesco en el que compara el coronavirus con un golpe de karate estilo Kill Bill que asestará un ataque mortal al corazón del capitalismo global y nos llevará a “reinventar el comunismo” <https://www.rt.com/op-ed/481831-coronavirus-kill-bill-capitalism-communism/>. Y ahora, en lo que de seguro ha sido un tiempo récord, el esloveno ha concluido y publicado un libro suyo el coronavirus. Pero no me interesa tanto criticar las notas de Agamben y, menos aún, los despropósitos de Žižek; más bien lo tomo como pretexto para reflexionar, o quizá sólo para exteriorizar algunos de mis desconciertos, en torno a la filosofía y la actual pandemia.


A los filósofos siempre les ha intrigado el mal natural, es decir, las desgracias con que nos fustigan periódicamente terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, enfermedades, sequías y otras calamidades. A nuestros antepasados lejanos les angustiaba descifrar un sentido piadoso en los porrazos que nos propina nuestro entorno (“¿Qué habremos hecho para merecer esto?”); después,  alcanzamos con la Ilustración un máximo de optimismo con la teodicea de Leibniz (“Éste es el mejor de los mundos posibles”) para transitar un poco más tarde, más o menos a partir del siglo XVIII (piénsese, por ejemplo, en el Cándido de Voltaire), a la contemplación tristona y resignada de nuestra fragilidad natural (“Que cada quien cuide su propio jardín”). Y de este pesimismo moderado hemos pasado, al parecer, a la mirada entre recelosa y morbosa que prodigamos hoy a nuestros congéneres y gobiernos para saber de qué están hechos en tiempos adversos (“¿Y para qué diablos querrán tanto papel sanitario?”). Ya no son muchos los que buscan jeroglíficos en los fenómenos naturales; nos atraen en cambio las muestras de heroísmo o perversidad de los actores en una tragedia y a los filósofos les fascinan las formas en que buscamos dominarnos los unos a los otros, y en particular las estructuras de poder político que se corresponden en forma supuestamente nítida con cada uno de nuestros miedos. 


“Una sociedad que vive en un estado de emergencia perpetua no puede ser una sociedad libre”, asegura Agamben. Fuera de contexto, suena a frase de relumbrón, tirándole a tautología. Pero con ella Agamben explora (y denuncia) las formas en que un estado de excepción prolongado (como el de una emergencia sanitaria) puede acostumbrarnos de manera peligrosa a no darnos cuenta cómo nuestras vidas comienzan a reducirse a su condición puramente biológica, y a perder de vista sus aspectos sociales, políticos y afectivos (los propiamente humanos). A diferencia de los muchos que proclaman, no sin afectación, que el miedo a perder la vida es algo que une a los hombres, Agamben advierte que en realidad “los ciega y los separa”. Las “razones de seguridad” que se nos imponen y los sacrificios que se nos piden pueden conducirnos a la supervivencia, pero a costa del temor, la inseguridad y una sociedad en la que “nuestro prójimo ha sido abolido”. Lo que está en el fondo de la discusión y del malestar que revela no es, pues, si queremos vivir, sino cómo queremos vivir, qué tipo de vida vale la pena de ser vivida. 


Todo esto está muy bien, pero ¿no les sucede un poco, como a mí, que todo esto de entrever distopías tan siniestras me suena lejano —por no decir irrespetuoso— ante los apuros cotidianos,  el sentimiento de extrañeza, los desafíos médicos, el desasosiego, la ansiedad por la salud propia y la de las personas cercanas y la tristeza por los muertos en muchas ciudades de China, España o Italia? ¿Privilegios, quizá, de filósofos arrellanados en su Himalaya intelectual? Por otro lado, podría criticarse también el afán por adelantar una agenda política en un contexto que exige más bien dejar de lado ese tipo de diferencias para atender lo apremiante (pero nótese la estructura lógica de este tipo de especulaciones totalizantes: criticarlas en tiempos de emergencia sería en sí mismo la puesta en marcha de un mecanismo de dominio que, desde luego, sólo las reafirma). 


Ciertamente hay que concurrir con este tipo de enfoques en su insistencia en el peligro que conlleva la politización de una epidemia: desde su empleo como arma en guerras comerciales, ideológicas y para atizar nacionalismos rancios (Donald Trump insiste en hablar del “virus chino”), hasta su uso interno, tanto gobiernista como opositor, en países como el nuestro, donde un gobernador ya nos explicó que los pobres son inmunes al virus; el presidente confió en que saldremos adelante ya que “por nuestras culturas somos muy resistentes a todas las calamidades” y una parte importante de la oposición política parece apostar con ansias al desastre con tal de ver confirmadas sus críticas al gobierno federal. Una cosa es segura, y es que no hay decisiones meramente “técnicas” o “científicas” para responder con eficacia a la pandemia, por lo que, excesos politiqueros aparte, cualquier estrategia sanitaria conllevará, como se ha visto estos días, consecuencias políticas, sociales, económicas y culturales que otros expertos tendrán que sopesar. Y aquí la filosofía debe también, sin duda, medir el alcance de sus elucubraciones so pena de minimizar (o dar la apariencia de minimizar) las otras dimensiones del drama.

Más que un tránsito hacia el totalitarismo administrado con pulcritud diabólica por los Estados nacionales (o más allá del fatal colapso del sistema capitalismo y el despertar del “verdadero comunismo”), la pandemia ha acentuado, entre otras tantas cosas, las limitaciones de una globalización muy incompleta que ha respondido de manera nacional —y por ello limitada— a un fenómeno planetario. Quizá el caso más lamentable en este sentido haya sido el de la Unión Europea—la región más integrada política y económicamente—, pero también hay que voltear a mirar la falta de autoridad moral y política de la ONU y las críticas a la competencia técnica de la OMS que han planteado algunos especialistas. Las reacciones tan distintas por parte de los gobiernos de los países afectados no se debieron sólo al desconocimiento real del comportamiento del nuevo virus, sino a la atención de agendas internas atadas sobre todo a lo económico y en buena medida también a la fortaleza o debilidad civil de las sociedades a las que hay que imponer las medidas de contención sanitaria y que verían así afectados algunos de sus derechos más básicos como el de libre tránsito, reunión o trabajo. Veo, pues, un panorama muy distinto al de una convergencia totalitaria (o al del nacimiento de una conciencia progresista global): ciudadanos solidarios que, sin abandonar sus diferencias políticas, se encierran para no contagiar ni contagiarse; grupos de personas que se niegan al confinamiento y, apelando a sus derechos individuales, pretenden a toda costa llevar una existencia normal; gobiernos que deciden detener sus economías y gobiernos que deciden no hacerlo, o hacerlo sólo en el último momento; gobiernos con credibilidad y gobiernos sin credibilidad alguna ante sus ciudadanos (y toda la gama intermedia entre estos dos extremos); secretarías y ministerios de salud veraces y otros no tanto; empresarios solidarios y empresarios rapaces; algunas o muchas dificultades para aplicar medidas de control (en las democracias occidentales) y pocas o nulas dificultades para hacerlo (en las sociedades orientales, más habituadas al autoritarismo y a la obediencia política). Sospecho también una serie de consecuencias políticas en este momento impredecibles pero de seguro muy variadas y que en alguna medida dependerán del éxito o fracaso de cada país en atajar las consecuencias económicas y humanas de la pandemia. Tampoco pienso que las libertades se verán afectadas en los países en las que son más robustas, aunque en los lugares en los que no es así los mecanismos de sujeción y control político probablemente se verán reforzados, como en el caso chino. Circula un pequeño aunque recomendable documental sobre China y la epidemia de la Deutsche Welle en <https://www.dw.com/es/china-diario-de-una-cuarentena/av-52800736>. Supongo que en cierto sentido prefiero, incluso en medio de una crisis del tipo que nos azota, las imágenes de desconcierto y desbarajuste que vimos en Madrid o Milán que el orden escrupuloso y lúgubre que puede apreciarse en este testimonio de las calles en Pekín.