martes, 21 de enero de 2020

¿De qué se reía Fellini?




Publicado originalmente en Crónica Sonora:
http://www.cronicasonora.com/de-que-reia-fellini/
De preferencia dejen sus comentarios y quejas en ese sitio. ¡Gracias Benjamín!


Para H.V., atento amigo, magnífico anfitrión, entendido del cine
Hoy, 20 de enero de 2020, se celebra el centenario del nacimiento de Federico Fellini (Rímini, 1920—Roma, 1993), mago inigualable, prestidigitador de sueños, gran mentiroso, cronista del ocaso de nuestra civilización. Aprovecho la ocasión para volver a ver algunas de sus películas este fin de semana y entre risas y estremecimientos repaso lo mucho que sus películas han significado para mi vida. Por ejemplo: de la primera vez que vi en la sala de cine La dolce vita (1960) salí convertido en otro. Sacudido y un poco asustado, duré semanas intentando explicarme lo perdido y lo ganado durante aquella experiencia, los saldos de mi pretendida transformación. Lo primero lo entendí al poco tiempo; lo segundo aún me esquiva. Y la verdad es que Fellini es uno de los pocos, muy pocos, directores de cine (los cuento con los dedos de una mano y creo que me sobra uno) cuya obra me estremece, y supongo que me beneficia, de la misma forma indefinible y pertinaz que la gran música o la literatura clásica.

Claro está que, como los sueños y muchas narraciones contemporáneas, las historias de Fellini se prestan a varias interpretaciones, y fue así desde el principio de su carrera. Su lenguaje visual resulta inmediatamente identificable (barroco, rocambolesco, popular, chusco), pero no siempre es fácil seguir el sentido de los personajes, esa galería aparentemente despiadada de fracasados que se aturden con fiestas, ruidos de motocicletas, chistes vulgares y crisis existenciales. Las tramas mismas parece a veces inconexas y, para complicar más el asunto, el director explora problemas del cine dentro de sus filmes, con lo que nos desconcierta con películas dentro de películas. No sorprende entonces saber que Fellini enfrentó a muchos opositores que calificaron a su cine, durante los cincuenta y sesenta, de decadentista y oscuro. ¿De qué lado estaba Fellini?, se preguntaron. ¿Denunciaba o aceptaba el capitalismo? ¿Ensalzaba o se burlaba de los atavismos de la cultura italiana? ¿Era, pues, un cineasta de derecha o de izquierda? ¿Qué valores defendía en sus películas?

Tomemos, por ejemplo, a Marcello Rubini, el protagonista noctámbulo y depresivo de La dolce vita. ¿Condena o participa de buena gana del mundo en que vive? Tullio Kezich, biógrafo indispensable de Fellini, nos cuenta que el guión original de La dolce vita fue rechazado por cuatro árbitros (entre ellos el productor Dino De Laurentiis) debido a que en la película no estaban representadas las “fuerzas sanas de la sociedad” (y hay que recordar que esto, en el contexto del neorrealismo imperante en aquel entonces, constituía una falta grave). Y es también el propio Kazich quien describe, me parece, al personaje que menciono en sus justas dimensiones: “lo bastante desarraigado para estar siempre al borde del precipicio, lo bastante sensible para estremecerse”. Lejos pues de reduccionismos o de dialécticas de la desesperación; más cerca sin duda de lo que podemos identificar en personas reales (y no necesariamente extraordinarias) en situaciones de crisis. Fellini nunca abandonó esta ambigüedad moral y por ello las críticas nunca cesaron. Sylvie Pierre, crítica de cine francesa, nos regala una de mis invectivas favoritas contra cualquier película en un número de Cahiers du Cinéma de 1971 (a propósito de la deslumbrante Los payasos, de 1970). Resumo un poco lo que dice: “la película no crea un estudio dialéctico significativo de la sociología de su tema y se diluye en una revelación apenas velada del complejo de castración de Fellini”. Tal cual. 

Al final de Entrevista (1987), cinta en que Fellini rememora de manera a la vez irónica y nostálgica su obra, el director nos cuenta que muchas veces sus productores le han pedido que no concluya sus películas como suele hacerlo, es decir, “sin una esperanza”, “sin un rayo de sol”. “¿Un rayo de sol?”, se pregunta Fellini. “No lo sé. Intentémoslo” (y en ese momento vemos que aparece un técnico que da el primer “claquetazo” para la cinta que acaba de concluir pero que empieza de nuevo). Si Fellini no sabía si podía ser optimista, yo menos. Sin embargo, diría que, en sus historias, no puede haber ni conclusiones ni principios ni finales, y si esto no provoca que sus cintas se regodeen en lo sombrío o se complazcan en danzas macabras es porque siempre hay, quizá no un “rayo de sol”, pero sí una “infinita pasión por la vida” (como señaló alguna vez en una entrevista). Por eso sus mundos nos atraen y nos repelen; sentimos repugnancia por lo grotesco de muchos de sus personajes pero a la vez deseamos abrazarlos. Lo grotesco: con este truco Fellini nos permite, a la vez, distanciarnos de lo que vemos e identificar en nuestro entorno a diversas figuras de ese carnaval desbordante de payasos viejos, enanos, prostitutas, desempleados, paparazzi, actores de medio pelo, niños pasmados, lunáticos, bohemios, beldades fieras, magos, nostálgicos del fascismo, aristócratas mustios y elefantes tristes. También, y de manera insistente, parece tratar de convencernos de lo grotesco que resulta la idea misma de pretender captar la realidad a través de una cámara.
¿Recuerda alguien la sonrisa amarga, muy a lo Chaplin, de Giuletta Masina al final de Las noches de Cabiria (1957) cuando, tras darse cuenta que ha sido engañada una vez más por los hombres, se topa con una banda de músicos callejeros? ¿O la sonrisa enigmática de Marcello Mastroianni en la playa cuando no puede escuchar lo que trata de decirle Paolina, la inocente Paolina, en la escena final de La dolce vita? Esos momentos (y creo que los ejemplos podrán multiplicarse) parecieran resumir mucho de lo que nos dice Fellini. La suya es una risa agria, esperanzada aunque no optimista, y muchas veces impregnada de ternura. Sí, claro, la vida es una monserga. Pero también es un carnaval que nunca termina. Es grotesca; quién lo duda. Pero además es grandiosa en su misterio y exuberancia, y hay que estar preparados para encontrarnos justo a la vuelta de la esquina más tétrica con lo sublime, lo bello y lo afortunado.
Recomendación para el no iniciado: Fellini realizó entre 1950 y 1989 unos veinte largometrajes, la mayoría estupendos (con dos o tres chascos). De entre este conjunto, hay al menos cinco obras maestras indiscutibles, y recomiendo al principiante que las vea en este orden: La strada (1954), Las noches de Cabiria (1957), Amarcord (1973), La dolce vita (1960) y Ocho y medio (1963).

lunes, 25 de noviembre de 2019

La filosofía y la Cuarta Transformación


Esta reseña apareció originalmente en Crónica Sonora aquí mero.






Ante todo me gustaría recalcar que cualquier libro como éste, o cualquier empresa parecida, merece difusión y encomio. Resulta poco común, casi diría insólito, que un grupo de académicos mexicanos se reúna para discutir y escribir sobre la función que debería cumplir la filosofía en nuestro país. Lo habitual, por si hubiera que recordarlo, es el cultivo estrictamente profesional, especializado y casi hermético de una disciplina que, además del desarrollo motivado por el valor e interés intrínsecos de sus temas, en realidad (¡no lo olvidemos!) ha estado casi desde sus inicios ligada al debate público y a la tarea de suministrar elementos de crítica y de solución para los problemas sociales. ¿Deben (y pueden) recuperar los filósofos un lugar propio en el barullo vocinglero que domina nuestra arena pública? ¿Cómo, sin dejar de ser filósofos profesionales, pueden estos personajes tan singulares afrontar desde otras trincheras además de las académicas los desafíos contemporáneos?

En La filosofía y la Cuarta Transformación de México (Editorial Torres Asociados, México, 2019), Guillermo Hurtado, José Alfredo Torres y Gabriel Vargas Lozano recogen los trabajos de un coloquio organizado por el Observatorio Filosófico de México en noviembre de 2018 sobre “El papel de la filosofía en la situación actual de México”. La obra consta de diez artículos además de un prólogo y un apéndice. Se divide en tres capítulos: La cuarta transformación y su significado, Filosofía y educación en México y Filosofía, ética y política. El apéndice lo constituye la “Declaración sobre la Filosofía en la Educación” del XIX Congreso Internacional de Filosofía de la Asociación Filosófica de México. (El libro completo se puede descargar de manera gratuita y lícita aquí.

No es fácil evaluar ni resumir en pocas líneas el contenido de esta obra (de suyo desigual) y ciertamente no lo intentaré aquí. Me limitaré más bien a exponer algunas pocas impresiones y pareceres que me provocaron su lectura. Quizá importe mencionar que no todos los ensayos abordan directamente el tema general que parece manifestar el título del libro (“¿qué debe o puede hacer la filosofía en el contexto de la tan aclamada 4T?”), aunque la gran mayoría lo tiene muy presente. En todo caso, se trata de una obra que tiene por objeto reflexionar sobre el sentido “externo” de la filosofía y no tanto sobre su desarrollo “interno” o disciplinar (para una obra reciente que busca abarcar estos dos aspectos, véase mejor VV.AA., Filosofía y sociedad hoy. Una conversación, Contraste, México, 2017).

No parece haber desacuerdo sustancial entre los diez autores de la antología sobre el carácter desastroso del modelo educativo que rige en el país y sobre la importancia de que la filosofía desempeñe un papel decisivo en su seno. Las discrepancias (y, más aún, las vaguedades) comienzan cuando se trata de imaginar las características de un modelo distinto y mejor, adecuado para los desafíos cognoscitivos, cívicos y políticos del presente. Quizá demasiados párrafos se malgastan en la repetición protocolaria de las calamidades a purgar: la enseñanza nemotécnica de la filosofía, las deficiencias en las evaluaciones de los profesores y los contenidos, el carácter endógeno de la práctica filosófica, el ninguneo de la que ha sido víctima la disciplina por parte de las autoridades educativas, la creciente privatización de la enseñanza, el enfoque estrictamente laboral del modelo educativo neoliberal y las deficiencias o ausencias que socavan las recientes reformas y contrarreformas de la educación impulsadas por el Estado. No es que ninguno de estos asuntos no sea importante; todos lo son, y mucho. Sucede más bien que desespera un poco (o al menos a mí me desespera) lo indefinidos y poco sagaces que somos (y me incluyo sin discutir entre los despistados) a la hora de proponer alternativas. Y luego está el asunto del proyecto educativo de la 4T. ¿Cuál es? ¿En qué se distingue del anterior? Aquí de nuevo asoma un pequeño consenso: los autores coinciden en que no parece haber tal proyecto, que de lo que se trata es de construirlo. Los más benévolos señalan que todavía resulta “prematuro” juzgar el modelo (o no-modelo) educativo de la Cuarta Transformación, una empresa quizá fantasmagórica pero que abre una ventanita por la cual pudiera colarse la añosa madre de todas las ciencias en plan remozado y hasta subversivo. Lo que veo en todo esto es más bien cierto acuerdo respecto a lo que ya no queremos y un ayuno de ideas razonablemente concretas respecto a lo que sí queremos. También advierto un peligro: que la filosofía se convierta en un proyecto legitimador del régimen (del actual o del de cualquier época). Por eso es bueno que, en su artículo, Mario Teodoro Ramírez invoque y discuta algunas ideas de Luis Villoro quien, en un artículo de 1978, sostiene con vehemencia que la auténtica actividad filosófica se ejerce sólo con independencia del poder y de las creencias aceptadas por una comunidad y es el “tábano de la conformidad ideológica” (desde luego, cabría discutir qué tanto habría matizado don Luis esta afirmación suya a la luz de su adhesión posterior a la causa zapatista). En mi opinión, no hay tal cosa como una “filosofía legitimadora”. Eso es más bien “ideología”.

Hay esparcidos a los largo de todos los artículos de la antología comentarios de mucha valía que deben servir para atizar las discusiones y provocar propuestas. Es muy importante continuar, por ejemplo, con la discusión respecto a los contenidos y la didáctica de las materias de filosofía en el bachillerato (echadas del currículo durante el sexenio de Felipe Calderón y restituidas gracias a los esfuerzos del Observatorio Filosófico de México, un organismo que ha luchado por defender la filosofía en nuestro país); también hay que rescatar la idea de enseñar algo de filosofía mexicana (Vasconcelos, Caso, Gaos, Zea o Villoro no fueron pensadores ordinarios) y de explorar vías para que la filosofía que cultivamos en las universidades alcance públicos más amplios (no podemos esperar a que la dignidad de nuestra disciplina se restituya por sí sola sin que se difunda y pueda emplearse con provecho en las distintas áreas de todos los ciudadanos). Menciono aquí otra idea muy acertada de Gerardo de la Fuente quien nos recuerda en su ensayo que la filosofía “se ejerce de muchas maneras”; que no es una, sino muchas filosofías que se enfrentan con denuedo unas con otras. En esa lucha no necesariamente se resuelven problemas, sino que se suelen crear más. Tal es la contribución de la filosofía y resulta por ello muy empobrecedor para esta disciplina intentar reducir su riqueza aporética a una materia tan pobretona y poco emocionante como la que circula en algunos planes de estudio con el nombre de “pensamiento crítico”.

Alberto Saladino García señala en su contribución un asunto que me parece relevante y que podría generar muchas propuestas muy concretas. Se trata de la discusión sobre los criterios de evaluación a los que estamos sujetos los filósofos (y el resto de los humanistas). No es cosa menor porque esos criterios definen el perfil de nuestra profesión (dónde debemos trabajar, qué debemos producir, cómo hay que escribir, en cuáles revistas hay que publicar) y es en gran medida la culpable de la reclusión de la filosofía en facultades e institutos y de los demasiados congresos, coloquios, seminarios y conferencias que muchas veces sustituyen en la práctica (si no en la intención) el verdadero diálogo entre los colegas y ni se diga con investigadores de otras áreas y con el público en general. Tampoco encuentran en ellos espacio para ser apreciadas como se deberían la labor periodística, cultural y de difusión que algunos (muy pocos) colegas realizan, ni para el reconocimiento de otro tipo de trabajos como asesorías en dependencias públicas y empresas privadas. Ahora que se ha anunciado que se añadirá una “H” de “Humanidades” a las siglas “Conacyt” del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, conviene aprovechar tan audaz iniciativa para proponer criterios que evalúen mejor lo que hacemos en las subcomisiones que Conacyt designa para ello (al igual que en las universidades en que laboramos y en los comités de los programas de estímulos que también nos califican). Desafortunadamente, un obstáculo muy grande para todo esto es que muchos de esos criterios se empatan con sistemas de evaluación en el extranjero (en particular de Estados Unidos) que han venido a imponerse aquí y en casi todas partes como la norma incuestionable. Pero, ¿acaso no nos han dicho, con rotundo oxímoron, que vamos ahora por una ciencia “soberana”?

Mención aparte merece el artículo que presenta Guillermo Hurtado, y en el cual ofrece una caracterización de la llamada Cuarta Transformación (esa idée-force como la llama con elegancia) y del régimen que parece querer construir el presidente López Obrador. “Hacer filosofía de la transformación es participar en ella” sentencia el autor, y con ello nos recuerda también lo que se supone que la filosofía debe seguir haciendo bajo cualquier circunstancia: ofrecernos herramientas conceptuales para entender lo que está pasando. Hurtado califica de “populista” al régimen lopezobradorista (no sin ofrecer razones) y nos conmina a superar esa circunstancia dirigiendo nuestras miradas hacia el horizonte de una “quinta transformación”, una que traiga consigo una transformación democrática en la sociedad y no sólo en el gobierno, como hemos presenciado en las últimas décadas. Por cierto, esta propuesta entronca con lo que Hurtado ha desarrollado en otras partes en relación con lo que considera el papel más importante de la filosofía. La filosofía, nos dice, debe fungir como la “obrera de la democracia”, debe servir “para impulsar la democracia” y no sólo para pensarla, y la escuela debe convertirse en el “taller” de la democracia. Estas ideas se exponen y defienden en, por ejemplo, el libro La filosofía mexicana ¿incide en la sociedad actual? de Gabriel Vargas et al. (Editorial Torres Asociados, México, 2008) y en el libro del propio Hurtado que se titula México sin sentido (UNAM/Siglo XXI, México, 2011). Una reseña mía de esta obra puede leerse aquí.  

Ojalá tengamos muy pronto más obras como La filosofía y la Cuarta Transformación de México y que la lucha de Gabriel Vargas Lozano, Guillermo Hurtado y otros esforzados de la filosofía en México continúe con el respaldo decidido de muchos filósofos más (y de quienes se quieran anotar: estudiantes, directivos de escuelas, pedagogos, funcionarios públicos, padres y madres de familia). Sin embargo, al asumir esta batalla, no olvidemos un par de cosas: no hay que esperar acuerdos unánimes respecto a qué debemos proponer (la polémica y el disenso siempre formarán parte de nuestro oficio) y que, por muy vetusta y noble que sea la filosofía, no sobrevivirá por sí sola. Colocarla en un lugar digno y provechoso en nuestra cultura implica mucho más que defender nuestras convicciones o los valores intrínsecos de nuestra disciplina. También habrá que lidiar con estudiantes radicalizados, colegas insensibles o dogmáticos, directivos timoratos, funcionarios imbéciles, una sociedad en general desinformada y partidos políticos dominados por personas zafias y sin interés por el país. Así que a darle…

jueves, 17 de octubre de 2019

Travesía de invierno


En una de mis colaboraciones habituales para “La Caja de Resonancia”, programa de radio de la Universidad de Sonora, presenté una obrita del compositor ucraniano Valentín Silvéstrov (n. Kiev, 1937) basado en un poema de Alejandro Pushkin. Se trata de una muestra de sus “Silent Songs”, una serie de notables canciones interpretadas sotto voce por un barítono con acompañamiento de piano. Sobre Silvéstrov y su música ya me ocuparé después; esta vez quisiera únicamente compartir el poema de Pushkin que me atreví a traducir, o a conjeturar en español, o quizá nada más a arruinar,  para esa ocasión. Si hay un gran poeta casi desconocido en nuestra lengua ése es Pushkin. Ya Vladímir Nabokov lo declaró francamente intraducible y Roman Jakobson advirtió sobre los “infinitos matices” semánticos que resultan inseparables de esos versos en su lengua original. Y alguna vez tuve la fortuna de tener una alumna rusa quien con mucha paciencia y no menos candor trató de explicarme con poemas aprendidos de memoria cómo la textura sonora de Pushkin contribuye casi a cada momento al sentido de los versos. No obstante todo esto que digo, cuelgo por aquí este poema lírico que espero al menos insinúe vagamente la desnuda sencillez y belleza inmediata del gran Pushkin.

Travesía de Invierno
La niebla se apretuja sobre el camino
Y la luna tímida apenas aflora.
Se atenaza a las llanuras desoladas
Y deja caer migajas de luz opaca.

El trineo se desliza desbocado
Por el crudo camino invernal
Con el repique obstinado
De su monótona campanilla.

Hay un resabio de algo querido
En las interminables canciones del cochero.
Acaso de fiestas retumbantes y salvajes;
Acaso de una pena en el corazón.

Ni una hoguera, ni una choza ennegrecida.
Sólo nieve y silencio… Y adelante  
Millas y millas ganadas a punta de pala
A través de la mudez afligida de la noche.

Ansia y tristeza… Al amanecer, Nina,
Me reencontraré contigo.
Me arrellanaré junto a la chimenea
Y te contemplaré con sosiego.

Qué amargo resulta este camino.
El cochero ahora calla somnoliento
Y la campanilla abruma con su repiqueteo
Y la luna se sofoca tras la niebla.

¡Jessye Norman en Álamos!


El pasado 30 de septiembre de 2019 se nos murió la majestuosa Jessye Norman. Tuve la fortuna de escucharla muy cerquita cuando vino a Álamos hace ya nueve años. Rescato sin cambios del baúl de los recuerdos esta pequeña nota que escribí entonces para consignar esa noche mágica.

Lo que gozamos durante la velada inaugural del FAOT 2010 en Álamos fue una muestra del arte de una especie en extinción: el arte de la diva. Hoy el mundo cuenta con algunas grandes voces y muchos cantantes solventes, pero ya prácticamente han desparecido las divas. Quedan, eso sí, muchas artistas con arranques de diva, pero eso no significa nada frente a una verdadera diva. La soprano dramática Jessye Norman (Augusta, Georgia, 1945–) fue y sigue siendo una auténtica diva, en el sentido pleno del término, es decir, se trata de una cantante poseedora de una presencia escénica majestuosa, un ego arrollador, genio encrespado, voz potentísima y que se pavonea sobre el escenario para ser venerada por sus hipnotizados fieles.

La voz de Norman es extraordinaria en muchos sentidos, destacando quizás su registro impresionante que pasa sin problemas por las tesituras de soprano, mezzosoprano e incluso roza la de contralto. Al escucharla, sobre todo en su registro más grave, uno recuerda esas etiquetas ampulosas de los enólogos en las que se describe la complejidad del sabor de un vino, pues se trata de un instrumento con un timbre rico en matices, suntuoso, profundo y fuerte. Posee una voz deliciosa incluso cuando habla, enfatizado por un extrañísimo acento de ninguna parte y coloreado quizás por su gran dominio de idiomas como el alemán, el francés y el italiano.

Su fuerte ha sido, como se sabe, la ópera, de la que se ha retirado desde hace algunos años para concentrar sus energías en recitales y conciertos. Los críticos han destacado de manera unánime la integridad de sus interpretaciones, meticulosamente preparadas y ensayadas. Nunca ha ejecutado pieza alguna en el estudio de grabación ni en vivo sin antes haber estudiado a fondo el idioma de la letra de la composición y las características de su estilo. Posee una dicción casi perfecta (¡incluso cuando canta en ruso!) y, en lo particular, aparte del color de su registro bajo me impacta toda la energía contenida que transmite en sus pianissimos, es decir, cuando canta muy bajo. Y nos ha dejado registros sonoros de referencia, sobre todo en papeles de obras de Wagner, Berlioz, Schoenberg y Richard Strauss, es decir, de compositores que han creado algunos de los papeles más demandantes para la voz de todo el repertorio musical.

Pero, ¿puede cantar jazz? ¿O spirituals? Porque eso fue lo que en gran medida escuchamos la noche del jueves, en un recorrido por algunas de las cúspides del cancionero norteamericano, con piezas de Bernstein, Rodgers, Gershwin, Hammerstein y Duke Ellington, además de algunos spirituals. La duda surge porque para cantar I’ve got Rythm o Another Man Done Gone (un par de las piezas que escuchamos esa noche) no se requiere precisamente una gran voz, ni una gran técnica, aunque sí un estilo particular, capacidad de improvisación, flexibilidad rítmica, swing y quizás algo más. Los verdaderos entusiastas a veces señalan que los cantantes de jazz y de blues nacen, jamás se hacen.

Pues bien, en mi opinión Jessye Norman aporta algo genuino (además de su enorme voz, claro está) al repertorio mencionado, algo que la hace destacar fácilmente entre tanta mala música crossover que se aprovecha de un público incauto para venderles como gran arte productos complacientes y de muy dudoso gusto. Es verdad: si realmente queremos escuchar de lo que es capaz Norman, no es éste el repertorio al que debemos acudir. No pocas veces incomoda, a pesar de sus esfuerzos por disminuir la escala de su voz, la excesiva intensidad con que aborda melodías que son mejores si suenan desenfadadas, y uno puede tener de pronto la impresión que con ese calibre de voz el jazz deja de ser una animada conversación entre amigos para convertirse en algo más bien intimidante y sombrío.

Sin embargo, la conexión de Norman con el jazz, y la música afroamericana en general, no es ni reciente ni casual. No llega a esa música desde el exterior, por así decirlo. No sólo su origen étnico habla en este sentido, sino que ella misma comenzó a cantar de pequeña (a los 4 años) gospel en el templo bautista de su ciudad natal. Y a lo largo de su carrera no ha estado nunca muy alejada de la música negra y de sus cantantes (como Dinah Washington, Billie Holiday y Nat “King” Cole, a quienes ha mencionado entre sus influencias). Recientemente, en marzo de 2009, curó un festival de música afroamericana en el Carnegie Hall de Nueva York con piezas que van desde spirituals hasta hip hop, pasando por el jazz, el gospel, el soul y el rhythm and blues. Y luego está el simple y bruto hecho de que su voz es inconfundiblemente negra, algo que siempre ha subrayado con orgullo. “A la gente siempre le gusta escuchar spirituals” declaró en una entrevista en el programa televisivo 60 minutes, “y les gusta escucharlos cantados por una boca negra”.

Algo debe aceptarse: a Jessye Norman le falta swing. Pero el ritmo offbeat del jazz no le ofrece dificultad alguna, su voz encaja sin problemas en la gran tradición de la música negra de su país y además añade un sentido de dignidad y de arte elevado que realza aún más las cualidades intrínsecas del repertorio norteamericano. No es (ni jamás ha pretendido ser) una verdadera cantante de jazz; sin embargo, su aportación enriquece aún más el arte musical de los Estados Unidos. Ha sido un auténtico privilegio tenerla entre nosotros en lo que, no me cabe la menor duda, fue y será el momento más alto del FAOT 2010.

Por mi parte, me quedo con la Jessye Norman del mundo de la ópera y, en menor medida, la de las canciones de Mahler, Chausson, Richard Strauss y Alban Berg. No es mi cantante predilecta, pero cuando extraño el arte de la diva y volteo a ver un escenario repleto de voces técnicamente inmaculadas pero carentes de expresividad, sin estampa e incapaces de transmitir el sentimiento de exaltación del mundo propio de la ópera, me vuelvo sin dudar hacia Jessye Norman. Entonces me declaro su rendido fan.


jueves, 3 de octubre de 2019

Miguel León-Portilla, filósofo del tiempo mexicano (1926–2019)



Me pide de sopetón Benjamín Alonso, amigo y patrón de Crónica Sonora, que improvise unas cuantas líneas a propósito del lamentable deceso del Dr. León-Portilla. Aquí van.

Miguel León-Portilla era un bólido. No sólo su fecundidad intelectual resultaba admirable (fueron más de cuarenta libros, cientos de artículos y vaya uno a saber cuántas participaciones en coloquios, conferencias, cuerpos colegiados, proyectos editoriales, cursos, traducciones y otras empresas), sino que escucharlo departir (en clases, entrevistas, charlas informales; ahora, tristemente, sólo en grabaciones) provocaba de golpe algo más hondo que un mero interés erudito, pues embelesaba con algo que más bien rondaba el compromiso amoroso y quizá el ímpetu del misionero, no ajeno a quien reconoció como su primer y gran maestro, el padre Ángel María Garibay, y muy en línea con esos humanistas novohispanos que admiró y sobre los que escribió años después: Clavijero, Sahagún, Quiroga, las Casas…

Don Miguel combinó diversas disciplinas humanísticas con virtuosismo y en buena medida redefinió en nuestro país el oficio del historiador, ese “filósofo del tiempo”, es decir, alguien que no sólo inquiere sobre lo ocurrido durante cierto tiempo, sino que trata de integrar una imagen coherente de esos sucesos y hurga a la vez sobre su sentido. Su legado más profundo, qué duda cabe, fue rescatar y propagar la palabra más antigua de Mesoamérica, el impresionante cuerpo literario de la cultura náhuatl y de otros pueblos que habitaron en estas tierras antes de que México fuera México. Desde su tesis doctoral de 1956 en que recopila y analiza los textos filosóficos de los nahuas (y que “hizo mal hígado a algunos”) hasta sus deliciosas disquisiciones sobre la erótica náhuatl (2019) y pasando por su Visión de los vencidos (su bestseller indiscutible), León-Portilla hizo más que nadie por hacernos cercanos y grandiosos a los pueblos prehispánicos, tantas veces deformados por el prejuicio, la ignorancia y las historias oficiales. En sus páginas, y sin rechazar los datos escabrosos ni  la crítica de las fuentes tanto indígenas como españolas, los primeros mexicanos se atavían con prendas que no desmerecen ante los lustres de antiguos griegos y romanos, chinos o persas. Tampoco ante a los conquistadores ibéricos. Y ojo: los indígenas actuales también le merecieron respeto, admiración, años de estudio y hasta de defensa de sus derechos. También creyó ver en algunas de las costumbres e instituciones de los indios un baluarte contra las tendencias más deshumanizantes y depredadoras de la globalización capitalista.

Con respecto a la leyenda negra y el entuerto de la conquista, León-Portilla acuñó aquello del “encuentro de dos mundos”, expresión que le trajo críticas de no pocos nacionalistas empedernidos. Sin embargo, nunca quiso con ella minimizar ni justificar la violencia o el despojo, intrínsecos a todo acto de conquista, según se apresuraba a señalar. “Encuentro” es más bien un término que se quiere amplio para connotar “coincidencia de dos cosas o personas en un mismo lugar”, pero también “choque, enfrentamiento y lucha de quienes combaten; y también acercamiento y aun fusión”. Con ello se buscó tomar en cuenta las acciones y la perspectiva de todos los participantes, de los diversos vencedores y vencidos. Según este enfoque, el Quinto Centenario no podía ser motivo de celebración, aunque sí una oportunidad para “promover la reflexión y el estudio acerca de las múltiples implicaciones” de ese proceso que aún nos confunde.




Para León-Portilla la historia no era ni podía ser un lujo. Al margen de su valor intrínseco (que también defendió), la historia sirve para definirnos, para delimitar nuestra identidad. Varias veces comparó al individuo que ignora sus orígenes con un despistado que se acerca al mostrador de una aerolínea sin boleto en el bolsillo y sin saber a dónde va ni de dónde viene. Para alguien así, el remedio tiene que ser la historia, su historia, esa historia que debe procurar conocer y hacer suya. Diría que para don Miguel son dos los componentes necesarios de la historia, dos elementos que debemos saber combinar sin confundirlos: objetividad y convicción. O, si se quiere, conocimiento y apropiación. Sin convicción la historia resulta algo inerte, un mero ejercicio académico, mientras que prescindir de la objetividad conduce tarde o temprano a visiones ideológicas que suplantan las complejidades y riquezas del pasado y justifican políticas que convienen a minorías poderosas. Pero confundir ambas actitudes, y que nuestras ganas de creer dicten lo que fue y lo que somos, distorsiona nuestras identidades. Ya se ha dicho que los mexicanos, antes que historia, lo que en realidad queremos son mitos, relatos edificantes de buenos contra malos. Una de las varias aportaciones de Miguel León-Portilla ha sido justo ponernos ante un espejo que nos ha devuelto una imagen bastante más compleja y profunda de nosotros mismos y de nuestras múltiples raíces culturales (indígenas, europeas y aun asiáticas y africanas). Somos la consecuencia de esos mundos que vinieron a encontrarse (a coincidir, chocar, luchar, fundir) en esta región del planeta pero también somos algo más, diferente y original. “También”: una palabra que tanto nos cuesta emplear a la hora de definirnos y que don Miguel siempre usó sin recelo  a lo largo de su generosa vida intelectual.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Los libros que me han conmovido

Hace casi un año, un buen amigo, escritor y médico, natural de Ciudad Real para más señas, me convenció para confeccionar una lista de los libros con los que más me siento en deuda. Subí cada título en entradas separadas en Facebook y ahora las recojo aquí para que no se diga que no cumplí con exhibir estas debilidades mías.






Primer día de diez. Tras aceptar el reto que me lanzara mi amigo Juan Castell Monsalve ofrezco la primera portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (eso, en los pocos casos en que esas portadas sobreviven, maltrechas por el paso del tiempo). Comienzo con esta novela de Albert Camus escrita en 1947; una poderosa alegoría moral que me dejó aturdido durante el final de mi adolescencia y que plantea asuntos que aún me obsesionan...





Segundo día de diez. Tras aceptar bajo presión el reto que me lanzara mi amigo Juan ofrezco la segunda portada de diez libros que me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (en los pocos casos en que esas portadas sobreviven). Cuando terminé de leer el Discurso del Método de René Descartes en el bachillerato me dije: “Esto quiero hacer”. Y después de cerciorarme de que, en efecto, la carrera de filosofía aún existía y que había lugares en los que se contrataba por saber sobre ese asunto (así me lo dijeron), me embarqué en el estudio de esta disciplina que me sigue deparando sorpresas, sinsabores, desconciertos y admiración. Satisfacción no: ese talante, como he descubierto, le está vedado al filósofo.






Tercer día de diez. Tras aceptar el desafío de mi amigo Juan Castell, y tras una al parecer polémica segunda selección, vuelvo a la carga y ofrezco la tercera portada de diez libros que me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. El Tanáj (lo que constituye la casi totalidad del Antiguo Testamento cristiano) puede ser polémico en cualquier sentido, menos en su influencia decisiva en la configuración de la cultura judía y, en general, occidental. Consta de 39 libros repartidos en tres grupos (Ley, Profetas y Escritos) y la compleja historia de sus traducciones inicia durante el tercer siglo antes de la Era común con una versión vertida al griego para la comunidad judía de Alejandría. Acudo con frecuencia a esta traducción que presento (que inició en 1955 y se encuentra en constante revisión) de la Jewish Publication Society, pues combina rigor académico con fluidez y agrado en la lectura. Me gustaría mucho que tuviéramos una traducción así al castellano.




Cuarto día de diez. Tras caer en la celada que de manera artera me tendiera mi amigo Juan Castell  ofrezco la cuarta portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (si acaso sobreviven). Ahora va algo de poesía: “Personae” de Ezra Pound, en la traducción de Rousset Banda, el libro que me introdujo a la gran poesía norteamericana del siglo XX y, de paso, a la poesía contemporánea en general. Versos inmensos de alguien que pretendió hacer de la poesía una forma de vida. Aprendí en ellos muchas cosas, como la contemporaneidad del pasado y el gozo en la precisión de poemas que parecen breves silogismos de tan redondos, tan inevitables. También descubrí los peligros que encierra la poesía cuando sucumbe al esteticismo político.




Quinto día de diez. Sigo lidiando con el difícil reto de mi amigo Juan. Ofrezco ahora la quinta portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que me han influido (para bien o para mal). También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (en los pocos casos en que esas portadas sobreviven). La de hoy es una portada que, como la que ofrecí en la cuarta entrega, lleva la etiqueta “Handle with care”. No sé si será porque soy de reacción lenta o qué me pasa, pero la cosa es que una constante en mi vida ha sido siempre llegar tarde a todo. Y, por supuesto, llegué tarde al marxismo. Eso quizá me permitió una visión más ponderada de la obra del barbudo de Tréveris, y apreciar con amplitud sus “Manuscritos filosóficos económicos de 1844” a la luz de los descarríos de sus muchísimos seguidores y de los traspiés —sobre todo en sus ideas económicas— en lo que se considera su obra cumbre: “El Capital”. En los “Manuscritos” encontramos a un Marx más filósofo y menos economista; menos materialista y más hegeliano; más reflexivo y menos activista. Es la obra que generó la figura del “Marx humanista”, que contrastó con un Marx dizque “científico”, como lo llamaron, no sin desvergüenza, los grupos académicos más ortodoxos y sus gurúes. Hay en los manuscritos un intento bastante fallido de derivar categorías económicas a través de la dialéctica, pero está también un análisis muy matizado del famoso concepto de “alienación” que sigue generando interés y que creo que aún es lectura indispensable para tratar de entender la extrañeza que nos produce la sociedad en que vivimos, y la degradante deshumanización a la que nos expone.




Sexto día de diez. Mi amigo Juan Castell me ha inducido con hábiles ardides a seleccionar los diez libros que más me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, como sin duda en éste, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. Parece que el escritor ruso Isaak Babel señaló una vez con mucho acierto: “Si el mundo pudiera escribir por sí mismo, escribiría como Tolstoi”. La enorme novela “La guerra y la paz” es muchas cosas, y entre ellas es lo que dice Babel: el mundo mismo se despliega ante nuestros ojos su sentido múltiple, irremediable, familiar e insólito a la vez. En ese tejido de la historia, el tirano Napoleón, el admirable general Kutúzov y la épica del pueblo ruso se coloca en un mismo plano de gravedad que los chismes de salón, las levedades de princesitas adolescentes que se aburren cada tarde, las tareas diarias de los campesinos humildes, los árboles y los animales. No hay leyes que determinen nuestros actos ni los resultados de las batallas; tampoco hay individuos imprescindibles y el azar nunca deja de aportar lo suyo. Las cosas son como son y los planes de los personajes no siempre se realizan… Y, sin embargo, entre las rendijas de ese escenario tan llano se cuela en cada página de la obra un sentido de trascendencia grandioso, avasallador. “La guerra y la paz” no es sólo mi novela favorita: leerla ha supuesto una de las mayores experiencias de cualquier tipo en mi vida.




Séptimo día de diez. Mi amigo Juan Castell Monsalve me ha inducido con ensalmos y hechizos importados de la Edad Media a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Aunque se tata e un libro pequeñito, la influencia en el pensamiento occidental de la “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres” (1785) es inmenso. A su brevedad, hermana una claridad de expresión que no es muy común en el resto de la obra de Kant, un filósofo con el que se puede o no estar de acuerdo, pero al que es imposible ningunear (so pena de no entender nada del mundo moderno). Ahora con el resurgimiento de nacionalismos y de la presencia cada vez mayor de poblaciones migrantes, conviene recordar una idea que con tanta fuerza defiende Kant en este libro: debemos ser capaces de reconocer la humanidad en todos y afirmar nuestra lealtad y respeto a la razón y a la capacidad moral que hay en cada uno de nosotros. Tal es la base de la ética y de la sociedad, según el filósofo prusiano. Las banderas, las etnias, las tradiciones o las lenguas pueden ser todo lo coloridas que se quiera y hasta enriquecer la vida, pero son moralmente irrelevantes.




Octavo día de diez. Juan Castell Monsalve, amigo mío, me ha inducido con artimañas extraídas del Pozuelo Seco de Don Gil a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. El Pirké Avot es uno de los sesenta y tres tratados de la Mishná (el código legal judío recopilado hacia el siglo III de la era común). La obra más popular de la muy extensa literatura rabínica, contiene algunas de las máximas más famosas de los rabinos de la Antigüedad y que exponen, sobre todo, la sabiduría práctica contenida en el judaísmo. La espiritualidad se entreteje con la ética y con la importancia del estudio para delinear una imagen de la mejor vida individual y colectiva posible. Hay quienes sostienen que podría ser el primer manifiesto de justicia social del mundo occidental. Dependiendo de la edición, la obra se acompaña de comentarios iluminadores de autoridades tradicionales que van desde Rashi, Maimónides y Ovadía de Bertinoro, hasta (como en el caso de la edición que muestro en la imagen) rabinos y estudiosos modernos y contemporáneos (Leo Baek, Emil Fackenheim, Judith Plaskow et alia). Va una pequeña muestra del tipo de exhortaciones que se ofrecen y discuten en el Pirké Avot: Dice el rabino Tarfón (de Judea, ca.120–140): “No es tu responsabilidad finalizar la obra [de perfeccionar el mundo], pero tampoco eres libre de desistir en ello”. O Ben Azzai (Tiberias; siglo II): “La recompensa de una mitzvá es una mitzva; y la recompensa por una transgresión es una transgresión”. O uno de los dichos más famosos y comentados de toda la obra, atribuido al famoso Hillel el Sabio (cuya principal actividad tuvo lugar entre el año 30 a.e.c. y el 10 e.c.): “Si no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si no soy para los demás, ¿qué soy yo? Y si no es ahora, ¿entonces cuándo?” Ahí les dejo estas inquietudes…




¡Casi termino! Noveno día de diez. Juan Castell Monsalve me ha inducido con artimañas extraídas del Pozuelo Seco de Don Gil a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Rodión Raskólnikov, un joven estudiante, pobre e “intoxicado de ideología”, se piensa superior a los demás y comete un horrendo crimen para demostrarlo. “Crimen y castigo” es la historia de la transformación de su conciencia moral desde sus delirios de superhombre hasta su redención final de la mano de Sonia, una prostituta inocente y abnegada (ya la mezcla de estas particularidades atestigua la genialidad del autor). Para Dostoievski, y eso nos muestra en su relato, el mundo tiene, querámoslo o no, una estructura moral, que sólo se nos revela en la sumisión y la fe. Mezcla de relato policíaco, crítica social y fábula religiosa, “Crimen y castigo” es una de las novelas más intensas y mejor ejecutadas de toda la literatura.





Misión cumplida. Décimo día de diez. Juan Castell Monsalve me ha pedido que comparta las portadas de los diez libros que más me han influido en mi vida, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Ludwig Josef Johann Wittgenstein, qué duda cabe, tiene credenciales suficientes para ser considerado el filósofo más original e influyente del siglo XX, junto con Martin Heidegger. Las “Investigaciones filosóficas” (1953) son, como todo lo que escribió el vienés, algo muy peculiar, una mezcla de recordatorios, preguntas, ejemplos imaginarios, exhortaciones y argumentos que, tras leer con atención, producen en el lector la incómoda y a la vez exultante sensación de que no se sabe decir exactamente qué es lo que aprendió, pero que abandona las páginas con la visión correcta de las cosas. Un efecto, creo yo, perfectamente calculado, si se atiende que Wittgenstein considera la filosofía no como una teoría, sino como una actividad, una terapia. También Wittgenstein me ha llevado a revalorar la importancia de la filosofía. Los abismos de la filosofía son, muchas veces (¿siempre?), sólo confusiones lingüísticas, pero apuntan hacia algo importante en nuestra naturaleza, hacia una tendencia irrevocable de estrellarnos contra los límites de nuestro lenguaje. De ahí que los problemas importantes de la vida se diriman en otra parte, en los ámbitos (prácticos, no teóricos) de la ética, la estética y la religión. “La sabiduría es gris” dice Wittgenstein (¿parafraseando a Goethe?), “En cambio, la vida y la religión son multicolores”. Y, ocupándose del “Sinn des Lebens”, nos expone: “La solución del problema de la vida se aprecia en la desaparición de ese problema. (¿No es ésta la razón por la que las personas que tras largas dudas llegaron a ver claro el sentido de la vida no pudieran decir después en qué consistía tal sentido?)”

jueves, 18 de abril de 2019

Desobedecer



Gros, F., Desobedecer, trad. Juan Vivanco, Taurus, México, 2018, 210 pp.
 
El nuevo libro de Frédéric Gros en castellano es una buena muestra del tipo de ensayo filosófico que se quiere a la vez vivo (en el sentido de “práctico”) y docto. Con un título seductor, este trabajo ofrece un examen algo desenfocado aunque por momentos muy sugerente de la importancia —más aún, de la urgencia— de desobedecer y de desobedecernos. Se sabe: desde un punto de vista tradicionalista, la desobediencia en contextos tradicionales tiene mala prensa. Desobedecer suele implicar, en semejantes contextos, obstinación, imprudencia, egoísmo, división social. La sumisión del individuo (ante el gobierno, las instituciones religiosas, el ejército) suele emparejarse con valores como el civismo, la mansedumbre, el sacrificio propio en aras de un bien común. ¿Por qué entonces desobedecer? 
Gros intenta responder a esta pregunta a través de un recorrido histórico (algo que ya nos había ofrecido en otro libro suyo titulado Andar: Una filosofía, publicado en 2015) y de una exhortación. De la mano de Sófocles, Sócrates, Dostoievski, La Boétie, San Agustín, Rousseau, Kant, Thoreau, Arendt, Foucault y Levinas, entre varios otros, se indaga sobre los significados de la sumisión, la subordinación, el conformismo y el consentimiento (todas formas de obediencia) y varios tipos de responsabilidad: integral, absoluta, infinita y global. En medio de estos análisis, y entrelazado con ellos, encontramos el alegato de Gros en favor de la desobediencia.
Por un lado, obedecer ha sido, al menos en las sociedades modernas, origen de actitudes que van desde la apatía amodorrada hasta la complicidad asesina. Gros disecciona con acierto las fruiciones de la obediencia con el término “desresponsabilidad”. Muy distinto de la irresponsabilidad, la desresponsabilidad es “obrar, ejecutar, cumplir con la seguridad de que, en todo lo que hago, el yo no interviene, yo no soy autor de nada de lo que hace el cuerpo, de lo que calcula la mente” (p. 93). Esta pasividad encuentra fácilmente un ambiente propicio en las sociedades altamente técnicas y administradas, en las que la masificación anula la visualización de nuestros semejantes y embota nuestro sentido moral. De ahí, según Gros, la “estupidez” de un Adolf Eichmann: como menciona Hannah Arendt, no es que no se diera cuenta de lo que hacía; es que el tipo era un estúpido porque no quiso formarse un juicio propio. No se trata de un déficit, de una falta de inteligencia, sino de una renuncia voluntaria (y con efectos monstruosos) a pensar por sí mismo. 
En el núcleo del razonamiento de Gros se encuentra la idea de que hay que desobedecer para ser responsables. No se trata con ello, como suelen pregonar los profesionales de la autoestima y algunos filósofos, de ser fieles a un conjunto de valores eternos ni a nosotros mismos y con magnanimidad y semblante complacido extender la mano al necesitado. La responsabilidad en serio y, con ello, el papel ético que configura la desobediencia pasa no tanto por nuestra singularidad ni por reglas abstractas, sino por ir más allá de las convicciones y basar nuestra desobediencia en “la experiencia de ser insustituibles para los demás y ante nosotros mismos”. Hay que convencerse de que no podemos delegar nuestra responsabilidad en nadie más, ni en personajes imaginarios ni en individuos que juzgamos “más capaces” o “mejor situados”. La responsabilidad es un proceso de subjetivación en el que descubrimos lo que hay de indelegable en cada uno de nosotros. Gros nos recuerda que la formulación completa de esta ética de la responsabilidad ya la había enunciado hace más de dos mil años el eminente rabino Hillel el Sabio: “Si no soy para mí, ¿quién lo será? Si sólo soy para mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?”
A esta experiencia de ser insustituibles van aparejadas diversas figuras de la responsabilidad, entre ellas la de la responsabilidad infinita, de lo frágil. Ésta surge cuando el otro, con su desamparo mudo o su fragilidad temblorosa, nos manda y sentimos entonces el fardo de nuestra responsabilidad irremplazable. Aquí no somos responsables ante algo que nos supera (Dios, la Sociedad, la Verdad, la Justicia, mi conciencia), sino ante alguien que es más débil, más frágil, un menesteroso. Aquí el libro de Gros gira adopta un tono moralizante al señalar que la magnitud de semejante responsabilidad no tienen la finalidad de “ayudarnos a vivir” sino de “delimitar el lugar de una verdad imposible”. Se habla entonces de “provocaciones necesarias” y  “hogueras éticas” en las que hay que estar dispuesto a quemarse (p. 165). Desde luego, no pretendo discutir aquí si en realidad ese tipo de posicionamiento ético implica un límite infranqueable del pensamiento o si no es nada más que una confusión.
Con todo y sus altibajos y algunas oscuridades (muy en el estilo francés de hoy), vale mucho la pena acercarse a esta obra de Frédéric Gros. Tiene razón, y mucha, cuando expresa su asombro ante la necesidad de justificar la desobediencia en un mundo dominado por el conformismo y las injusticias, al borde de una catástrofe descomunal. En tales circunstancias, nos dice Gros justo al inicio de su ensayo, “el problema no es la desobediencia, el problema es la obediencia”.