viernes, 20 de septiembre de 2019

Los libros que me han conmovido

Hace casi un año, un buen amigo, escritor y médico, natural de Ciudad Real para más señas, me convenció para confeccionar una lista de los libros con los que más me siento en deuda. Subí cada título en entradas separadas en Facebook y ahora las recojo aquí para que no se diga que no cumplí con exhibir estas debilidades mías.






Primer día de diez. Tras aceptar el reto que me lanzara mi amigo Juan Castell Monsalve ofrezco la primera portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (eso, en los pocos casos en que esas portadas sobreviven, maltrechas por el paso del tiempo). Comienzo con esta novela de Albert Camus escrita en 1947; una poderosa alegoría moral que me dejó aturdido durante el final de mi adolescencia y que plantea asuntos que aún me obsesionan...





Segundo día de diez. Tras aceptar bajo presión el reto que me lanzara mi amigo Juan ofrezco la segunda portada de diez libros que me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (en los pocos casos en que esas portadas sobreviven). Cuando terminé de leer el Discurso del Método de René Descartes en el bachillerato me dije: “Esto quiero hacer”. Y después de cerciorarme de que, en efecto, la carrera de filosofía aún existía y que había lugares en los que se contrataba por saber sobre ese asunto (así me lo dijeron), me embarqué en el estudio de esta disciplina que me sigue deparando sorpresas, sinsabores, desconciertos y admiración. Satisfacción no: ese talante, como he descubierto, le está vedado al filósofo.






Tercer día de diez. Tras aceptar el desafío de mi amigo Juan Castell, y tras una al parecer polémica segunda selección, vuelvo a la carga y ofrezco la tercera portada de diez libros que me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. El Tanáj (lo que constituye la casi totalidad del Antiguo Testamento cristiano) puede ser polémico en cualquier sentido, menos en su influencia decisiva en la configuración de la cultura judía y, en general, occidental. Consta de 39 libros repartidos en tres grupos (Ley, Profetas y Escritos) y la compleja historia de sus traducciones inicia durante el tercer siglo antes de la Era común con una versión vertida al griego para la comunidad judía de Alejandría. Acudo con frecuencia a esta traducción que presento (que inició en 1955 y se encuentra en constante revisión) de la Jewish Publication Society, pues combina rigor académico con fluidez y agrado en la lectura. Me gustaría mucho que tuviéramos una traducción así al castellano.




Cuarto día de diez. Tras caer en la celada que de manera artera me tendiera mi amigo Juan Castell  ofrezco la cuarta portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente. También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (si acaso sobreviven). Ahora va algo de poesía: “Personae” de Ezra Pound, en la traducción de Rousset Banda, el libro que me introdujo a la gran poesía norteamericana del siglo XX y, de paso, a la poesía contemporánea en general. Versos inmensos de alguien que pretendió hacer de la poesía una forma de vida. Aprendí en ellos muchas cosas, como la contemporaneidad del pasado y el gozo en la precisión de poemas que parecen breves silogismos de tan redondos, tan inevitables. También descubrí los peligros que encierra la poesía cuando sucumbe al esteticismo político.




Quinto día de diez. Sigo lidiando con el difícil reto de mi amigo Juan. Ofrezco ahora la quinta portada de diez libros que me han impactado. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que me han influido (para bien o para mal). También he procurado ofrecer las portadas de las ediciones en que las leí por primera vez (en los pocos casos en que esas portadas sobreviven). La de hoy es una portada que, como la que ofrecí en la cuarta entrega, lleva la etiqueta “Handle with care”. No sé si será porque soy de reacción lenta o qué me pasa, pero la cosa es que una constante en mi vida ha sido siempre llegar tarde a todo. Y, por supuesto, llegué tarde al marxismo. Eso quizá me permitió una visión más ponderada de la obra del barbudo de Tréveris, y apreciar con amplitud sus “Manuscritos filosóficos económicos de 1844” a la luz de los descarríos de sus muchísimos seguidores y de los traspiés —sobre todo en sus ideas económicas— en lo que se considera su obra cumbre: “El Capital”. En los “Manuscritos” encontramos a un Marx más filósofo y menos economista; menos materialista y más hegeliano; más reflexivo y menos activista. Es la obra que generó la figura del “Marx humanista”, que contrastó con un Marx dizque “científico”, como lo llamaron, no sin desvergüenza, los grupos académicos más ortodoxos y sus gurúes. Hay en los manuscritos un intento bastante fallido de derivar categorías económicas a través de la dialéctica, pero está también un análisis muy matizado del famoso concepto de “alienación” que sigue generando interés y que creo que aún es lectura indispensable para tratar de entender la extrañeza que nos produce la sociedad en que vivimos, y la degradante deshumanización a la que nos expone.




Sexto día de diez. Mi amigo Juan Castell me ha inducido con hábiles ardides a seleccionar los diez libros que más me han impactado, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, como sin duda en éste, siguen siendo una fuente de gozo, reflexión y asombro en mi vida. Parece que el escritor ruso Isaak Babel señaló una vez con mucho acierto: “Si el mundo pudiera escribir por sí mismo, escribiría como Tolstoi”. La enorme novela “La guerra y la paz” es muchas cosas, y entre ellas es lo que dice Babel: el mundo mismo se despliega ante nuestros ojos su sentido múltiple, irremediable, familiar e insólito a la vez. En ese tejido de la historia, el tirano Napoleón, el admirable general Kutúzov y la épica del pueblo ruso se coloca en un mismo plano de gravedad que los chismes de salón, las levedades de princesitas adolescentes que se aburren cada tarde, las tareas diarias de los campesinos humildes, los árboles y los animales. No hay leyes que determinen nuestros actos ni los resultados de las batallas; tampoco hay individuos imprescindibles y el azar nunca deja de aportar lo suyo. Las cosas son como son y los planes de los personajes no siempre se realizan… Y, sin embargo, entre las rendijas de ese escenario tan llano se cuela en cada página de la obra un sentido de trascendencia grandioso, avasallador. “La guerra y la paz” no es sólo mi novela favorita: leerla ha supuesto una de las mayores experiencias de cualquier tipo en mi vida.




Séptimo día de diez. Mi amigo Juan Castell Monsalve me ha inducido con ensalmos y hechizos importados de la Edad Media a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Aunque se tata e un libro pequeñito, la influencia en el pensamiento occidental de la “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres” (1785) es inmenso. A su brevedad, hermana una claridad de expresión que no es muy común en el resto de la obra de Kant, un filósofo con el que se puede o no estar de acuerdo, pero al que es imposible ningunear (so pena de no entender nada del mundo moderno). Ahora con el resurgimiento de nacionalismos y de la presencia cada vez mayor de poblaciones migrantes, conviene recordar una idea que con tanta fuerza defiende Kant en este libro: debemos ser capaces de reconocer la humanidad en todos y afirmar nuestra lealtad y respeto a la razón y a la capacidad moral que hay en cada uno de nosotros. Tal es la base de la ética y de la sociedad, según el filósofo prusiano. Las banderas, las etnias, las tradiciones o las lenguas pueden ser todo lo coloridas que se quiera y hasta enriquecer la vida, pero son moralmente irrelevantes.




Octavo día de diez. Juan Castell Monsalve, amigo mío, me ha inducido con artimañas extraídas del Pozuelo Seco de Don Gil a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. El Pirké Avot es uno de los sesenta y tres tratados de la Mishná (el código legal judío recopilado hacia el siglo III de la era común). La obra más popular de la muy extensa literatura rabínica, contiene algunas de las máximas más famosas de los rabinos de la Antigüedad y que exponen, sobre todo, la sabiduría práctica contenida en el judaísmo. La espiritualidad se entreteje con la ética y con la importancia del estudio para delinear una imagen de la mejor vida individual y colectiva posible. Hay quienes sostienen que podría ser el primer manifiesto de justicia social del mundo occidental. Dependiendo de la edición, la obra se acompaña de comentarios iluminadores de autoridades tradicionales que van desde Rashi, Maimónides y Ovadía de Bertinoro, hasta (como en el caso de la edición que muestro en la imagen) rabinos y estudiosos modernos y contemporáneos (Leo Baek, Emil Fackenheim, Judith Plaskow et alia). Va una pequeña muestra del tipo de exhortaciones que se ofrecen y discuten en el Pirké Avot: Dice el rabino Tarfón (de Judea, ca.120–140): “No es tu responsabilidad finalizar la obra [de perfeccionar el mundo], pero tampoco eres libre de desistir en ello”. O Ben Azzai (Tiberias; siglo II): “La recompensa de una mitzvá es una mitzva; y la recompensa por una transgresión es una transgresión”. O uno de los dichos más famosos y comentados de toda la obra, atribuido al famoso Hillel el Sabio (cuya principal actividad tuvo lugar entre el año 30 a.e.c. y el 10 e.c.): “Si no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si no soy para los demás, ¿qué soy yo? Y si no es ahora, ¿entonces cuándo?” Ahí les dejo estas inquietudes…




¡Casi termino! Noveno día de diez. Juan Castell Monsalve me ha inducido con artimañas extraídas del Pozuelo Seco de Don Gil a seleccionar los diez libros que más me han movido el tapete, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Rodión Raskólnikov, un joven estudiante, pobre e “intoxicado de ideología”, se piensa superior a los demás y comete un horrendo crimen para demostrarlo. “Crimen y castigo” es la historia de la transformación de su conciencia moral desde sus delirios de superhombre hasta su redención final de la mano de Sonia, una prostituta inocente y abnegada (ya la mezcla de estas particularidades atestigua la genialidad del autor). Para Dostoievski, y eso nos muestra en su relato, el mundo tiene, querámoslo o no, una estructura moral, que sólo se nos revela en la sumisión y la fe. Mezcla de relato policíaco, crítica social y fábula religiosa, “Crimen y castigo” es una de las novelas más intensas y mejor ejecutadas de toda la literatura.





Misión cumplida. Décimo día de diez. Juan Castell Monsalve me ha pedido que comparta las portadas de los diez libros que más me han influido en mi vida, para bien o para mal. No es un lista de los diez que considero los mejores de la historia, sino de diez que me han conmovido profundamente y que, en algunos casos, revisito continuamente. Ludwig Josef Johann Wittgenstein, qué duda cabe, tiene credenciales suficientes para ser considerado el filósofo más original e influyente del siglo XX, junto con Martin Heidegger. Las “Investigaciones filosóficas” (1953) son, como todo lo que escribió el vienés, algo muy peculiar, una mezcla de recordatorios, preguntas, ejemplos imaginarios, exhortaciones y argumentos que, tras leer con atención, producen en el lector la incómoda y a la vez exultante sensación de que no se sabe decir exactamente qué es lo que aprendió, pero que abandona las páginas con la visión correcta de las cosas. Un efecto, creo yo, perfectamente calculado, si se atiende que Wittgenstein considera la filosofía no como una teoría, sino como una actividad, una terapia. También Wittgenstein me ha llevado a revalorar la importancia de la filosofía. Los abismos de la filosofía son, muchas veces (¿siempre?), sólo confusiones lingüísticas, pero apuntan hacia algo importante en nuestra naturaleza, hacia una tendencia irrevocable de estrellarnos contra los límites de nuestro lenguaje. De ahí que los problemas importantes de la vida se diriman en otra parte, en los ámbitos (prácticos, no teóricos) de la ética, la estética y la religión. “La sabiduría es gris” dice Wittgenstein (¿parafraseando a Goethe?), “En cambio, la vida y la religión son multicolores”. Y, ocupándose del “Sinn des Lebens”, nos expone: “La solución del problema de la vida se aprecia en la desaparición de ese problema. (¿No es ésta la razón por la que las personas que tras largas dudas llegaron a ver claro el sentido de la vida no pudieran decir después en qué consistía tal sentido?)”

jueves, 18 de abril de 2019

Desobedecer



Gros, F., Desobedecer, trad. Juan Vivanco, Taurus, México, 2018, 210 pp.
 
El nuevo libro de Frédéric Gros en castellano es una buena muestra del tipo de ensayo filosófico que se quiere a la vez vivo (en el sentido de “práctico”) y docto. Con un título seductor, este trabajo ofrece un examen algo desenfocado aunque por momentos muy sugerente de la importancia —más aún, de la urgencia— de desobedecer y de desobedecernos. Se sabe: desde un punto de vista tradicionalista, la desobediencia en contextos tradicionales tiene mala prensa. Desobedecer suele implicar, en semejantes contextos, obstinación, imprudencia, egoísmo, división social. La sumisión del individuo (ante el gobierno, las instituciones religiosas, el ejército) suele emparejarse con valores como el civismo, la mansedumbre, el sacrificio propio en aras de un bien común. ¿Por qué entonces desobedecer? 
Gros intenta responder a esta pregunta a través de un recorrido histórico (algo que ya nos había ofrecido en otro libro suyo titulado Andar: Una filosofía, publicado en 2015) y de una exhortación. De la mano de Sófocles, Sócrates, Dostoievski, La Boétie, San Agustín, Rousseau, Kant, Thoreau, Arendt, Foucault y Levinas, entre varios otros, se indaga sobre los significados de la sumisión, la subordinación, el conformismo y el consentimiento (todas formas de obediencia) y varios tipos de responsabilidad: integral, absoluta, infinita y global. En medio de estos análisis, y entrelazado con ellos, encontramos el alegato de Gros en favor de la desobediencia.
Por un lado, obedecer ha sido, al menos en las sociedades modernas, origen de actitudes que van desde la apatía amodorrada hasta la complicidad asesina. Gros disecciona con acierto las fruiciones de la obediencia con el término “desresponsabilidad”. Muy distinto de la irresponsabilidad, la desresponsabilidad es “obrar, ejecutar, cumplir con la seguridad de que, en todo lo que hago, el yo no interviene, yo no soy autor de nada de lo que hace el cuerpo, de lo que calcula la mente” (p. 93). Esta pasividad encuentra fácilmente un ambiente propicio en las sociedades altamente técnicas y administradas, en las que la masificación anula la visualización de nuestros semejantes y embota nuestro sentido moral. De ahí, según Gros, la “estupidez” de un Adolf Eichmann: como menciona Hannah Arendt, no es que no se diera cuenta de lo que hacía; es que el tipo era un estúpido porque no quiso formarse un juicio propio. No se trata de un déficit, de una falta de inteligencia, sino de una renuncia voluntaria (y con efectos monstruosos) a pensar por sí mismo. 
En el núcleo del razonamiento de Gros se encuentra la idea de que hay que desobedecer para ser responsables. No se trata con ello, como suelen pregonar los profesionales de la autoestima y algunos filósofos, de ser fieles a un conjunto de valores eternos ni a nosotros mismos y con magnanimidad y semblante complacido extender la mano al necesitado. La responsabilidad en serio y, con ello, el papel ético que configura la desobediencia pasa no tanto por nuestra singularidad ni por reglas abstractas, sino por ir más allá de las convicciones y basar nuestra desobediencia en “la experiencia de ser insustituibles para los demás y ante nosotros mismos”. Hay que convencerse de que no podemos delegar nuestra responsabilidad en nadie más, ni en personajes imaginarios ni en individuos que juzgamos “más capaces” o “mejor situados”. La responsabilidad es un proceso de subjetivación en el que descubrimos lo que hay de indelegable en cada uno de nosotros. Gros nos recuerda que la formulación completa de esta ética de la responsabilidad ya la había enunciado hace más de dos mil años el eminente rabino Hillel el Sabio: “Si no soy para mí, ¿quién lo será? Si sólo soy para mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?”
A esta experiencia de ser insustituibles van aparejadas diversas figuras de la responsabilidad, entre ellas la de la responsabilidad infinita, de lo frágil. Ésta surge cuando el otro, con su desamparo mudo o su fragilidad temblorosa, nos manda y sentimos entonces el fardo de nuestra responsabilidad irremplazable. Aquí no somos responsables ante algo que nos supera (Dios, la Sociedad, la Verdad, la Justicia, mi conciencia), sino ante alguien que es más débil, más frágil, un menesteroso. Aquí el libro de Gros gira adopta un tono moralizante al señalar que la magnitud de semejante responsabilidad no tienen la finalidad de “ayudarnos a vivir” sino de “delimitar el lugar de una verdad imposible”. Se habla entonces de “provocaciones necesarias” y  “hogueras éticas” en las que hay que estar dispuesto a quemarse (p. 165). Desde luego, no pretendo discutir aquí si en realidad ese tipo de posicionamiento ético implica un límite infranqueable del pensamiento o si no es nada más que una confusión.
Con todo y sus altibajos y algunas oscuridades (muy en el estilo francés de hoy), vale mucho la pena acercarse a esta obra de Frédéric Gros. Tiene razón, y mucha, cuando expresa su asombro ante la necesidad de justificar la desobediencia en un mundo dominado por el conformismo y las injusticias, al borde de una catástrofe descomunal. En tales circunstancias, nos dice Gros justo al inicio de su ensayo, “el problema no es la desobediencia, el problema es la obediencia”.


lunes, 15 de abril de 2019

Tedium Vitae



¿Qué es el aburrimiento? Todos nos aburrimos. Unos más, otros menos, nadie escapa del ocasional agobio que trae consigo el tedio. Tener que hacer fila para un trámite o conversar sobre el clima son fuentes populares de aburrimiento, pero muchas veces el temible padecimiento reviste formas más idiosincrásicas (por ejemplo: las fiestas infantiles o los domingos de fútbol). Sin embargo, una cosa es aburrirse con algo, con la repetición de una actividad o situación tediosa, y otra muy distinta es estar aburrido, así, en general. El filósofo noruego Lars Svendsen llama con tino tedio situacional al primero y tedio existencial al segundo. Muchos estudiosos opinan que esto de andar aplatanados por la vida (el tedio existencial) es un privilegio de nosotros, los modernos. Pero, ¿acaso no se aburrían los antiguos?

De acuerdo con los doctos, quienes se aburrían en serio en tiempos remotos eran los clérigos y los nobles. Según esto, la gente del común, demasiado ocupada todo el tiempo en seguir viva, al parecer no tenía tiempo para semejante excentricidad. Así que los hastiados de tiempo completo eran los inmersos en sus propios espíritus o en el ocio que otorgaba estatus social. Es en estos estratos donde podemos encontrar los orígenes remotos de nuestro hoy tan democrático aburrimiento.

Aquí va un ejemplo. Se cuenta que, entre los siglos III y IV, el demonio de la acedia visitaba hacia el mediodía a los monjes anacoretas en los desiertos de Siria y Egipto. La soledad, el encierro y el calor agobiante hacían difícil la oración y el brío espiritual cedía lentamente a la pereza, al hastío, al sueño y a los pensamientos impuros. Según el asceta Evagrio Póntico (345–399), “El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas […] bosteza mucho […] y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared […] y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.” Hoy nos repelen los retiros y nuestros demonios son otros, pero cualquiera puede reconocer en la descripción de las tribulaciones de estos monjes algunos de los rasgos de lo que se considera nuestra forma moderna de padecer el hastío.

De manera sintomática, a partir del siglo XVII las cavilaciones sobre el aburrimiento comienzan a multiplicarse. Ofrezco sólo algunos hitos: para Pascal, echamos mano desesperadamente de diversiones y distracciones para evitar quedarnos solos con nosotros mismos y aburrirnos. El tedio es la condición natural de las personas. Sin Dios, todo es ennui. Con talante prusiano, Kant despacha el asunto más rápidamente: para evitar el aburrimiento, nos exhorta a encontrar alguna ocupación de provecho. Kierkegaard sugiere que, como Dios se aburría, creó al hombre; con mayor patetismo, Schopenhauer piensa que el aburrimiento es la sensación de la futilidad de la existencia, y Heidegger nos pide que nos aburramos, pues el Langeweile nos permite acceder al sentido del Ser.

Desde luego, la tipología del aburrimiento se ha nutrido mucho de la literatura. La mayoría de los grandes escritores rusos desde Pushkin hasta Chejov han ofrecido retratos perdurables del llamado “hombre superfluo”, varón noble que combina talento, desdén, cinismo y un terrible aburrimiento. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, a Eugenio Onéguin o a Gregorio Pechorin? Y, claro, también destaca el célebre y grandísimo perezoso Oblómov, personaje central de la obra de Goncharov que Enrique Vila-Matas calificó de “la mejor novela que se ha escrito sobre la ociosidad”. Pero, aparte de sus relatos y poemas, los escritores también han ofrecido sus propias disquisiciones sobre el fenómeno que nos ocupa: Pessoa, además de llamar al aburrimiento una “niebla del espíritu”, “una borrachera de no ser nada”, nos explica con agudeza que el tedio “pesa más cuando no tiene la disculpa de la inercia. El tedio de los grandes esforzados es el peor de todos.” Y ya antes Flaubert había distinguido, con su habitual precisión, entre el “tedio común” y el “tedio moderno”.

Pienso que David Foster Wallace se une sin reparos con El rey pálido, su novela póstuma, a esta muy ilustre tradición obsesionada por el tedio de la vida. En un mundo sin Dios ni consuelos metafísicos, hiperconectado, burocratizado, inundado de información y en el que toda idea de felicidad apunta hacia el mostrador de una tienda, el autor explora el aburrimiento en su forma más letal: disecciona en más de 500 páginas bien apretadas las vidas y actividades rutinarias de un grupo de empleados de la Agencia Tributaria de Peoria, Illinois. Hay ecos de Pascal y de los monjes del desierto (a quienes, de hecho, menciona en la novela) en su tratamiento del tedio; hay también miradas duras sobre el individualismo, el éxito y otros fetiches de la cultura norteamericana. Pero hay, sobre todo, a través de la aridez de un relato centrado en los pormenores del sistema tributario y de las motivaciones de quienes trabajan para él, un retrato despiadado de la llanura de la vida contemporánea y el doloroso, insufrible aburrimiento que la sustenta.  


El rey pálido no es una lectura fácil, y quizá lo más sorprendente sea que la obra en sí funciona en forma deliberada como un dispositivo… para aburrir al lector. En efecto, Foster Wallace no se contenta con hacernos contemplar el hastío profundo de sus personajes; quiere que lo vivamos con su novela. Es cierto que pueden encontrarse en sus páginas el humor y la agudeza característicos de su autor, salpicado además aquí y allá con pasajes sencillamente luminosos. Pero hay que luchar también con cientos de páginas con descripciones fatigosas de conceptos, rutinas y jerarquías del mundo de los impuestos que, con seguridad, amilanan incluso a lectores muy experimentados. Para complicar el asunto, el relato ofrece un carácter en extremo fragmentario, polifónico y muchas veces al parecer inconexo, en parte debido a que el autor ni terminó de escribirla ni terminó de ordenarla (esas labores corrieron a cargo del editor Michael Pietsch). En buena medida, y como la anterior Broma infinita, el autor sabotea su propia creación pantagruélica y muestra la imposibilidad de decir algo grandioso en formatos tradicionales. Y, sin embargo, lo dice.

Hay algo más, y que quizá sea la verdadera aportación de Foster Wallace a la tradición del aburrimiento. Y es que el autor propone algo así como el único remedio posible al aburrimiento en las sociedades contemporáneas: dejar de huir patéticamente de él y, con un movimiento inverso, entregarnos apasionadamente a aquello que más nos aburre (y que de cualquier forma hemos de enfrentar). No se trata de una vuelta a una ética protestante o a la rudeza del self-made man, sino a una especie de voluntarismo nietzscheano en el que es posible alcanzar el éxtasis y la gratitud por estar vivos en el abandono y la concentración disciplinada e intensa en las cosas menos interesantes y cautivadoras. Al parecer no hay Übermenschen en esta concepción, pero cabe el heroísmo verdadero, el de aquellos que, solos en su puesto de trabajo, son capaces durante minutos, horas, semanas y años “de ejercer la probidad y la meticulosidad en silencio, con precisión y sensatez: sin que nadie los vea ni aplauda. Así es el mundo”. Desde luego, el suicidio del propio Foster Wallace en 2008 es un elemento a considerar en cualquier ponderación de esta propuesta singular.

domingo, 31 de marzo de 2019

Por mi raza hablará el estómago. Sobre los dimes y diretes en torno a la Conquista



(También publicado en Crónica Sonora
http://www.cronicasonora.com/por-mi-raza-hablara-el-estomag/  ). ¡Gracias Binyamin!

Antes que un suculento peligro para nuestra salud, ahora nos enteramos de que las carnitas al estilo Michoacán encarnan una amenaza para nuestra identidad. Después nos informan de una carta, al parecer tan intempestiva como arrojada, en la que el presidente de México exige perdón a España y al Vaticano por los atropellos cometidos durante la conquista. El estruendo en la prensa y las redes sociales ha sido grande, y la mayoría de las reacciones extremas. En mi opinión, todo podría quedar en dos chistes malos de no ser porque, entre malentendidos y desplantes, el asunto de fondo es serio, y es, o debería ser, el de la condición paupérrima en que subsiste hoy la mayoría de los indígenas en toda Latinoamérica. A continuación comparto algunas ideas apresuradas para abonar un poco más el barullo.

No digo que los actos simbólicos no tengan relevancia alguna. La cosa, sin embargo, no es tan simple. No repetiré aquí los detalles que muchos esgrimen para justificar o reprobar la conquista (en su mayoría me parecen innegables). Sólo la ignorancia o la ofuscación ideológica tientan a algunos a enfocar en blanco y negro una historia tan compleja. La cosa es saber si puede afirmarse que hubo actos equivalentes a lo que hoy llamaríamos “crímenes de lesa humanidad”. Y, ¿acaso se puede dudar de ello? De nuevo, no repetiré datos históricos bien conocidos. Sostengo, eso sí, que argüir que los indígenas no eran peritas en dulce, que la cosa sucedió hace mucho o que cualquier guerra conlleva inevitablemente este tipo de abusos no anula la gravedad moral de esos actos. Los pueblos indios fueron, y son, los grandes perdedores en todas las sociedades que han existido en estas tierras desde la conquista hasta nuestros días. Mi duda es si el perdón es la figura más adecuada para atender la cuestión.

De lo que expresa el presidente me gustaron dos cosas: que señala que las disculpas tendrían que ser para los pueblos indígenas y que el Estado mexicano también reconocería su parte de culpa. Sin embargo, opino que, aun si suponemos que vale exigir perdón por esos crímenes, la famosa carta es un despropósito. Lo es en buena medida porque, como han insistido muchos, tanto el sujeto que pediría perdón como el que perdonaría se han transformado y hasta fundido de múltiples formas a los largo de cinco siglos. Es verdad que, en muchos sentidos, la España actual no es aquel Reino y que México no existía. Ni los indígenas, los verdaderos agraviados y que merecerían alguna forma de reparación simbólica (y más aún de otro tipo), son los mismos de entonces: también han pasado por procesos complejos de mestizaje cultural y étnico. Más importante que lo anterior, hoy los indígenas, al menos en México, parecen preocupados en defender otras causas: el respeto a sus tierras, a sus derechos colectivos, el reconocimiento de sus lenguas o la mejora de sus condiciones materiales de vida. No veo que en sus agendas destaque exigir perdón por las atrocidades sufridas durante el siglo XVI. Tampoco he visto que participen de la iniciativa del presidente, y los pocos que han opinado sobre ella la han desestimado o incluso condenado (como lo hizo la vocera del Consejo Nacional Indígena).

En este mismo sentido, el video mismo en que el presidente y su esposa anunciaron la carta es desafortunado, entre otras cosas, por la escenografía elegida: otra vez, con un enfoque que ya podríamos haber superado, se realza el esplendor perdido, las ruinas que testimonian la grandeza de nuestros gloriosos antepasados, y se minimiza la presencia de las ricas culturas de los indígenas de hoy. Los indios del pasado nos siguen cautivando; los del presente, ni los volteamos a ver. ¿Conoceremos en este sexenio el diseño y puesta en marcha de una verdadera política que convenga y beneficie a los pueblos indios y se aleje del folclorismo y asistencialismo de las administraciones pasadas?

Sospecho además que la bravata encaja bien en la tendencia reciente del gobierno federal de definir, con declaraciones rimbombantes, la agenda de la discusión pública, los peligros que amenazan la salud de la nación. En este sentido, no es otra cosa que “una pretensión más histriónica que histórica”, como la califica con acierto Horacio Vidal en este mismo sitio electrónico (me refiero a Crónica Sonora). Veo además una ocasión perdida, pues la manera tan atrabancada con que se obviaron los protocolos diplomáticos más elementales excluye por lo pronto la posibilidad de una conmemoración en 2021 organizada por los dos gobiernos y en la que se pueda debatir, recordar, lamentar, reconciliar y divulgar los sucesos de la conquista. Un encuentro en el que domine una visión matizada y crítica del pasado, ajena a respingos nacionalistas y victimistas y, sobre todo, con una agenda atenta al presente y respetuosa de la voz de los pueblos indígenas. Agrego una inquietud más, y espero no ser el único con estos recelos: un gobierno que concede absoluciones o emite condenas en cuestiones históricas debatidas y sin contrapesos (por usar el término tan denostado hoy entre nosotros) francamente me produce inquietud. Confío en que tampoco tengo que ofrecer ejemplos de estados que en su afán por construir sus propias narrativas que los justifiquen (algo inevitable, desde luego) han entregado e impuesto a sus sociedades imágenes distorsionadas y peligrosamente selectivas de sí mismas. La memoria histórica es algo demasiado importante como para ser monopolio de un gobierno, así sea benevolente y honesto. ¿Puede esperarse que la Cuarta Transformación erija un espejo en el que todos podamos vernos reflejados?

Por último, reconozco que el presidente tiene razón cuando menciona que las reacciones tan numerosas y virulentas a su propuesta indican que “ahí está el tema, subterráneo, en el subsuelo”. ¿Cómo, si no, entender tantos desatinos y groserías de partidarios y detractores de la propuesta? Hay algo, una suerte de pleito con España, que muchos mexicanos no terminan por arreglar. El dilema que origina ese malestar es falso, pero no por ello menos real. Apenas hace un par de noches, mientras cenaba, se me cayó el taco de la boca (y no era de carnitas) al escuchar en vivo a un historiador de la UNAM bien conocido, y más que competente, exclamar que se sentiría más cómodo con sus raíces hispanas si vinieran a pedirle perdón. Otra reputada académica espetó en la prensa que los mexicanos “nada tenemos que agradecer a la conquista”. ¿Así se resumen los productos del rigor de la investigación universitaria? ¿Tiene siquiera sentido la frase entrecomillada? Y en el bando de los ayunos de ideas habría que destacar el ínclito diputado por Tabasco según el cual los españoles son “la peor de las razas”. Esto me lleva, claro, a quienes, inflamados por semejante afrenta, procedieron de inmediato a probar sus hidalguías y a los no pocos que celebraron que España trajera consigo la “civilización” a América. Otros, menos confundidos pero igualmente errados, desechan la cuestión al sostener que todos los mexicanos “somos una mezcla de españoles con indígenas”. El racismo mexicano, esa pigmentocracia que aún domina tanto en nuestras relaciones sociales, es uno de los ingredientes que explican el desconcierto y la tirria.

La política también ha contribuido a polarizar el litigio, y no resulta difícil percatarse cómo los comentaristas se atrincheran, salvo pocos casos, según sus preferencias políticas. Por un lado están los que creen compartir una agenda social con el presidente y celebran que se pida perdón por los agravios. Sus peores adalides favorecen un nacionalismo chato (y me cuesta trabajo entender que haya de otro tipo) que apela a la imagen del invasor extranjero, de la amenaza exógena cultural o física que ha obstaculizado y sigue obstaculizando nuestra grandeza intrínseca. Por el otro están los que, dispuestos a abuchear cualquier cosa que diga o haga el presidente, se burlan de la carta. Sus peores voceros patrocinan el clasismo y la discriminación más repugnante y temen por un trastrocamiento social y cultural que afecte sus intereses. Por cierto, con sus prejuicios, estos personajes se alinean con algunas de los miembros de Vox y del Partido Popular que en el otro lado del Atlántico respondieron también con insultos racistas a la dichosa carta. En España, la conquista sigue demasiado envuelta en las hazañas guerreras del Imperio, mientras acá se cultiva de preferencia, y no sin rencor, la visión de los vencidos. Algo anda mal en las aulas y en las ceremonias cívicas de ambos países.

Veo en tantos exabruptos identitarios un mismo origen: la manía de concebir nuestra identidad exclusivamente en términos verticales, es decir, en términos de raíces, a veces manifiestas, a veces recónditas, y en no querer simplemente voltear a ver lo que somos. Buscamos un pasado que nos indique lo que debemos ser. Pero una mirada, incluso distraída, no hacia abajo sino hacia los lados, revela que ese montón de personas que por designios inescrutables le tocó vivir en estas tierras no se deja atrapar en categorías sencillas. Compartimos y no compartimos muchas cosas, creemos cosas distintas, venimos en muchos colores y a veces deseamos de manera legítima vivir de formas no siempre compatibles con los demás. No somos un solo pueblo ni somos una raza (ni siquiera mestiza, pues también hay muchas formas de mestizaje y ya conocemos, o deberíamos conocer, los perjuicios causados por la propagación del mito del México mestizo: uno de ellos ha sido, desde luego, la subestimación de los pueblos indios). México es, de hecho, muchos Méxicos (como el título del memorable libro de L.B. Simpson) y no hay uno solo que sea el verdadero. Si se insiste en hablar de nuestras raíces, éstas no son dos, sino muchas, y no son sólo indígenas o europeas (que a su vez tampoco son ni fueron pueblos homogéneos). Somos, si se quiere, el producto a la vez viejo y nuevo de muchas culturas pero, para definirnos, importa más lo que somos que lo que fuimos. La identidad es algo más que un dato (genealógico o de otro tipo) a ser descubierto; implica también siempre un toma de postura con miras al futuro, con lo que como individuos y comunidades queremos ser.



viernes, 22 de febrero de 2019

¡Hasta pronto, Bruno!



Resulta un poco chocante que el apacible Bruno Ganz (1941–2019) persista en la memoria de tantos como el enclenque y rabioso Adolf Hitler de la película La caída (Der Untergang, 2004), de Oliver Hirschbiegel. No es que me disguste esa actuación (de hecho, reconozco que al personaje repulsivo logra inyectarle de manera inquietante algo de ese magnetismo horrendo que al parecer tuvo el líder nazi), pero lo característico del actor suizo no era el desplante camaleónico, sino el desarrollo sobrio, casi dulce, de sus personajes. Con una severa economía de gestos y con movimientos lentos, miradas inconsolables o sonrisas contagiosas, Ganz construía entre largos silencios y acciones dispersas seres verídicos que se antojan muy cercanos en su fragilidad y retraimiento. En este sentido, se me ocurre que quizá su papel emblemático sea el de Paul, ese marinero medio existencialista que decide perderse por los barrios de Lisboa en la estupenda (y casi muda) película En la ciudad blanca, de Alain Tanner (Dans la ville blanche, 1983).



Ganz nació en Zúrich en el seno de una familia obrera y muy joven se trasladó a Bremen para estudiar arte dramático y “aprender verdadero alemán”, según sus propias palabras. Pronto se destacó en las tablas y, de hecho, el teatro fue hasta sus últimos años razón primordial de su fama y del gran respeto del que gozó en los países centroeuropeos (algunas muestras de ese trabajo pueden verse en YouTube; por desgracia, sin subtítulos). Al parecer, su último papel como protagonista en el Fausto de Goethe (¡en una producción que dura más de 13 horas!) sigue siendo motivo de muchos elogios entre los críticos. También prestó su voz para leer y grabar los versos de Hölderlin, T.S. Eliot, Yorgos Seferis y narrar en vivo el Egmont beethoveniano (bajo la dirección de Claudio Abbado) y la Flauta mágica en el Festival de Salzburgo. Su carrera como actor de cine comenzó a despegar sobre todo durante los años setenta y, de esa década, cabe recordar un par de filmes que le valieron reconocimientos importantes en varios países: El amigo americano (Der amerikanische Freund, Wim Wenders, 1977) y Nosferatu (Nosferatu: Phantom der Nacht,  Werner Herzog, 1979).

Con Wenders trabajó en dos cintas más: Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, 1987) y su secuela ¡Tan lejos y tan cerca! (In weiter Ferne, so nah!, 1993). Esta última, aunque ofrece algunas secuencias maravillosas, se hunde mucho en una trama farragosa. Las alas del deseo es un asunto muy distinto. Es una película que explora con belleza y sentido (en buena medida gracias al trabajo del escritor austriaco Peter Handke, quien colabora en el guion) diversas dicotomías y tensiones (como la que existe entre el plano celeste y el plano terrenal, el pasado y el presente o el lenguaje y las imágenes) y supone quizá la apoteosis de Bruno Ganz como actor en su papel de Damiel, el ángel que elige ser mortal con tal de probar los placeres y desdichas de los seres humanos. Prefiere, si seguimos con el juego de las dicotomías, el constante asombro y desconcierto infantil al tedio de los adultos o a la presciencia igualmente monótona de los inmortales. O quizá en ocasiones cruza sus sueños “una nostalgia (tal vez de pecado)”, como escribió Rilke, otro frecuentador de ángeles y que tantas veces intentó nombrarlos. Damiel resultó ser otro personaje ideal para las habilidades específicas de Ganz como actor.



Pero, ¿cómo diablos se interpreta a un ángel? En una entrevista con el académico y crítico Richard Raskin de 1994 el actor habla al respecto. Señala que lo común al trabajar con un personaje consiste en imaginarlo, en especular sobre cómo es, en qué piensa, a qué le teme, si está enojado o si es estúpido. Pero, ¿un ángel? Un ángel no tiene problemas psicológicos. En sentido estricto, ni siquiera tiene vida interior. Por otro lado, andar de aquí para allá en el filme como si se estuviera siempre a punto de volar resultaba ridículo. Así que había que abandonar la idea misma de actuación y simplemente ser uno mismo, quizá una mera presencia física. Y eso es justo lo que trata de hacer. En Las alas del deseo, Ganz es un prodigio de contención que resulta a la vez adorable por su candor. “Realmente me convertí en un ángel”, bromeaba el actor. Cuenta además que, en una ocasión que abordó un avión, los pasajeros que lo reconocieron manifestaron con alivio: “Ahora no nos podrá pasar nada, pues viaja con nosotros un ángel guardián”.

Mucho del efecto que causaba en sus espectadores dependía de su mirada. Los ojos de Bruno Ganz emanaban tristeza pero no desconsuelo. Les faltaba para ello ese dejo de extravío tan frecuente de quien se hunde en la angustia. La suya era una mirada afligida pero sosegada; sólida incluso. De una tristeza digna, de quien ha visto mucho, superado el espanto y perdonado. Quizá resulta menos chocante que uno de sus últimos papeles haya sido el de Virgilio, en la película del siempre excesivo Lars von Trier La casa que Jack construyó (2018). Como se sabe, el personaje de Dante recrea a un guía que ilumina con sus conocimientos los caminos del infierno y del purgatorio y abandona al poeta en la entrada del paraíso, que le está vedado por su condición de pagano. Virgilio es un compañero tocado por la tragedia, avezado en los descarríos de los hombres, pero siempre atento y dispuesto a echar una mano. Cosas así, y aún más, me provoca la mirada de Bruno Ganz. También me recuerda, por ejemplo, a la música de Brahms.



Bis später, lieber Bruno. Hasta pronto. Te imagino perfectamente fisgoneando en nuestras mentes, sorprendido con tu cara de niño viejo y alas tremulantes, un poco despistado en tu papel de ese custodio benévolo que a veces anhelamos cuando estamos solos. Ahora quizá de verdad sabes lo que ningún ángel jamás supo.

lunes, 21 de enero de 2019

Ha muerto Amos Oz





(Gracias al gran Benjamín A. por publicarme esta semblanza en: http://www.cronicasonora.com/ha-muerto-amos-oz/ )

El inicio de año ha resultado más penoso sin la presencia tonificante de Amos Oz. Sin ser sorpresiva, la noticia de su muerte no dejó de consternarme y de hacerme pensar con tristeza cuánto lo extrañaré porque, en mi casa, Amos Oz no es sólo el nombre de un novelista formidable y un ensayista lúcido, sino una especie de viejo conocido del que platicamos con familiaridad mi esposa y yo en la mesa y del que nos llegan mensajes alentadores del otro lado del mundo. Desde luego que siempre esperábamos (me punza usar el pasado) con ansias su última novela, pero también, y con el mismo entusiasmo, sus entrevistas, artículos, declaraciones, fotografías… Recibíamos además con frecuencia noticias suyas a través de Fania, su hija, que nos advertía de los avances y retrocesos en el estado de salud de su padre y nos contaba detalles de su casa en medio del desierto del Néguev, de sus hábitos e incluso de su gato, sorprendentemente parecido al nuestro. “Deberían venir a conocerlo. Con gusto los recibirá. Le he contado sobre ustedes”, nos decía. “¿Que si puede leer en español? No mucho”. “No importa. Le enviaremos Pedro Páramo, en una edición bonita. Lucirá mucho en uno de sus libreros”. Cosas así delinearon la presencia afable y benéfica de Amos Oz en mi vida.

Entre las virtudes que encuentro y disfruto en la escritura de Oz destacaría la sencillez y desenvoltura con que aborda y desarrolla cuestiones de suyo muy complejas. Eso casi siempre es, creo, indicio de un gran escritor. Para ello se vale de personajes comunes, incluso a veces hasta repulsivos de tan ordinarios (como el conferencista “ridículo y prescindible” de Amor tardío). Las relaciones de familia, las mujeres, el amor y la muerte son algunos de los temas que exploró con delicadeza y compasión. También el antisemitismo, la vida en los kibbutzim y el miedo, el odio y la locura que con tanta facilidad se desatan en el Oriente Próximo para arruinar las vidas sencillas de incontables varones y mujeres, judíos y no judíos. ¿Cómo es posible idear con tanta ponderación ficciones y juicios políticos en un ambiente tan propicio para visiones desesperanzadas y extremas? La respuesta podría ser sencilla: en medio del estruendo de políticos vociferantes, generales, líderes religiosos, terroristas feroces y dos pueblos desavenidos quizá irremediablemente pero condenados a vivir lado a lado, el escritor israelí guarda silencio y presta oído con atención: “Seguimos siendo una nación de ocho millones de ciudadanos, ocho millones de primeros ministros, ocho millones de profetas y mesías. Todos gritan a voz en cuello, nadie escucha jamás, excepto yo. Yo escucho a veces. Es así como me gano la vida”.

Para Oz, la curiosidad es o debería considerarse una virtud moral: “Una persona curiosa es ligeramente mejor persona, mejor padre, mejor pareja, mejor vecino y colega que una persona no curiosa. También mejor amante”. Pero mantenernos dispuestos a observar con serenidad a la gente y lo que nos rodea no basta. Hace falta además imaginar a los otros, y a veces imaginar que estamos en la piel de alguien más, en particular de quienes no son como nosotros y quizá nos odian. Porque, en ocasiones, “los hechos se convierten en enemigos terribles de la verdad”. La incapacidad de imaginarnos a los distintos es, desde luego, una de las raíces del conflicto con los palestinos, de ese “absurdo conflicto inmobiliario con el Islam”, como asevera Fima (el personaje de la novela con el mismo nombre, también traducida como La tercera condición). Es verdad que imaginarme como el otro no necesariamente me lleva a aceptar su propia narrativa; sin embargo, al menos “me lleva a buscar un acuerdo”. Y lo contrario del acuerdo “no es idealismo ni devoción; lo contrario de acuerdo es fanatismo y muerte”.

A estas destrezas morales Oz añadiría, quizá, el amor por las palabras: por su sonido, sus connotaciones, su historia y su capacidad para transfigurar la realidad. En Los judíos y las palabras, escrito con su hija Fania, se explora con gozo y afecto por la tradición la idea de que el secreto de la supervivencia y continuidad del judaísmo a lo largo de tanto tiempo no hay que buscarlo en favores divinos ni en los genes, sino en el lenguaje (o los lenguajes) de los judíos. El judaísmo no es asunto de linajes ni de lazos de sangre; es, ante todo, una gran biblioteca de textos en hebreo y otras lenguas que nutre una discusión transmitida de generación a generación y que ha definido y preservado por siglos lo que significa ser judío. Al llevar consigo sus libros, los millones de judíos dispersos a la fuerza por el mundo han llevado consigo todo lo que necesitan para seguir siendo judíos. Profetas, escribas, talmudistas, rabinos y filósofos, pero también literatos, cineastas y comediantes son quienes han consignado en formatos diversos esos dilatados debates sobre asuntos profanos y divinos, triviales y trascendentes. Detrás de la intrigante verborrea judía de seguro habrá, como vio Freud, mecanismos psicológicos extraños en funcionamiento; pero también hay, aseguran con acierto los Oz, padre e hija, “una creencia, profundamente enraizada, en el poder de las palabras para re-crear la realidad; muchas veces mediante el rezo, pero en no menos ocasiones mediante la argumentación que busca alcanzar la verdad”.
Ya no habrá de Amos Oz mensajes alentadores provenientes del otro lado del mundo. No habrá más noticias suyas ni habrá quien represente la voz de la sensatez en medio de un conflicto doloroso entre dos pueblos que con igual derecho se disputan un pequeño trozo de tierra para vivir. Y, aunque me niego a creerlo, quizá con su muerte haya desaparecido también la última voz del sionismo humanista. Ahora sus palabras se han sumado a esa añeja tradición textual que los judíos han construido con tenacidad por siglos y de seguro continuarán resonando con fuerza en nuestros esfuerzos y disputas por imaginar con benevolencia a los otros, amar a quienes podamos amar y alcanzar acuerdos mutuamente provechosos con quienes, de cualquier forma, hemos de compartir el mundo.

miércoles, 31 de octubre de 2018

¿A quiénes odian los antisemitas?



El responsable de la matanza en la sinagoga de Pittsburgh, un tal Robert Bowers, pensaba, como millones de personas, que los judíos controlan el mundo. ¿Y cómo lo hacen? ¿Cómo es posible semejante proeza? Según uno de los disparates del antisemitismo (esa mala palabra que pretende templar lo que verdaderamente es: Judenhass, odio a los judíos) lo hacen controlando las mentes de los gentiles con ideas que inculcan culpa y sumisión entre los individuos de las “razas superiores”. ¿Como cuáles? Como “derechos”, “dignidad humana” o “compasión”. Se trata de un recurso que Hitler aprovechó al máximo para avivar su teoría de la conspiración judía y reducir la identidad cultural alemana al antisemitismo. De ahí también que el verdadero poder judío no residiera tanto, según el malhadado Führer, en su poder material, sino en las mentes (el vehículo de esas ideas malignas) de los judíos y de quienes se habían contagiado con ellas (que habían caído víctimas del “judío interior” que a todo amenaza). La “higienización” de la cultura mediante el exterminio de los judíos y sus secuaces fue la conclusión trágica de esta lógica retorcida.
Robert Bowers había enviado amenazas poco antes de su crimen a la organización HIAS (Hebrew Immigrant Aid Society), llamaba “invasores” a los inmigrantes y “enemigos de los blancos” a los judíos. Dado que no podía soportar ver cómo se “asesinaba” a su pueblo, concluyó: “Todos los judíos deben morir”. No es sino una lógica ligeramente distinta de la que tracé en el párrafo anterior. Representar (y defender) a los inmigrantes como portadores de derechos y dignidad se percibe como una amenaza para la integridad de un “pueblo” cuya fuerza se “debilita” y “contamina” con elementos extraños. ¿Basta con denunciar este tipo de perspectivas como meros prejuicios anquilosados o consecuencias indeseables de la globalización? “Screw your optics. I’m going in”, fue el último mensaje que tecleó Bowers momentos antes de entrar a la sinagoga con un rifle de asalto y tres pistolas.
Desde luego que apoyarse en conspiraciones tiene la ventaja para el victimario de que le permite convertirse en víctima (como Bowers, quien “defendía” a su pueblo). Porque tampoco es fácil confesar que odiamos, que somos presa de una pasión incontrolable y a menudo denigrante. Además, el mecanismo del odio (o al menos de este tipo de odio) parece indicarnos que nunca odiamos a quien consideramos inferior a nosotros. Si algo de esto es cierto, un antisemita, por muy orgulloso que se muestre por su raza, su pueblo, sus costumbres o lo que sea, alberga en su mente la creencia, inconfesable, de que considera al judío más poderoso que él. El blanco del odio casi siempre es una representación, una idea de quién es o quiénes son los que odiamos. Para el caso del antisemitismo, todos los judíos equivalen a cualquier judío, a éste o a aquel, al conocido o al desconocido. Todos deben morir.
Me pregunto si, en la plenitud de la idiotez que colmó este indignante suceso, el vicepresidente Mike Pence no sucumbió a esa lógica cuando invitó a orar para recordar a las víctimas de Pittsburgh a un rabino mesiánico. Al parecer tenía más de sesenta opciones según el directorio de rabinos del área de Michigan en el que se encontraba y eligió traer justo al que, para los propios judíos, es en realidad un cristiano (y quizá antisemita, según la interpretación que muchos judíos hacen del movimiento mesiánico). “Tráiganme un judío, al que sea” ¿Serían ésas las palabras de Pence al emitir su orden?